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Alejandro Magno y Aristóteles: cuando el alumno corrigió al maestro



El reino de Macedonia, donde nació Alejandro Magno, era considerado en la Antigüedad por los griegos un territorio de bárbaros y extranjeros. Atenas, Esparta, Tebas y otras ciudades estado helenas se negaban a aceptar que lo que hoy forma parte de la Grecia histórica estuviera habitado por compatriotas helenos. Nacido en Estagira (Península de Calcídica), al este de Macedonia, Aristóteles sufrió parte de esos mismos recelos que le impidieron entre otras cosas suceder a su maestro Platón al frente de la Academia de Atenas, una institución científica y filosófica fundada por Platón. Pero de cara a la historia, Aristóteles educaría al hombre llamado a unir todo el mundo griego y lanzarse al corazón de Asia, llevando la cultura griega hasta el último confín del mundo conocido y más allá: Alejandro Magno.


Aristóteles está considerado el primer investigador científico en el sentido moderno de la palabra. Más allá de su obra, Aristóteles siempre estuvo vinculado con los reyes de Macedonia. Su padre, Nicómaco, era médico de la corte de Amintas III, padre de Filipo II de Macedonia, y, por tanto, abuelo de Alejandro Magno. De hecho, Aristóteles fue iniciado de niño en los secretos de la medicina, pero su carrera se encaminó pronto hacia la filosofía. Con 17 años, el joven fue enviado a Atenas para estudiar en la Academia de Platón. No está claro cuánto de próxima fue la relación entre Platón (discípulo, a su vez, de Sócrates) y Aristóteles, así como no lo están las razones por las que a la muerte del maestro su alumno más aventajado no heredó la dirección de la Academia de Atenas. La leyenda ha querido ver en la decisión de Platón de poner a su sobrino, Espeusipo, al frente de la Academia una humillación hacia Aristóteles y una muestra de cierta aversión entre ambos.


En 343 a. C., el rey Filipo II de Macedonia convocó a Aristóteles para que fuera tutor de su hijo de 13 años, que más tarde sería conocido como Alejandro Magno. Aristóteles viajó entonces a Pella, por entonces la capital de Macedonia, y enseñó a Alejandro durante, al menos, dos años, hasta que inició su carrera militar. El padre de Alejandro los envió a Mieza, a un lugar apartado. El lugar donde Aristóteles impartía su filosofía era un santuario dedicado a las ninfas, de ahí el nombre de Ninfeo, rodeado de vegetación, fuentes y manantiales. Así, alejándolo de la corte y con vistas a ampliar su formación con Aristóteles como tutor a la edad de 14 años, aunque otras fuentes nos dicen que con 13 años. Aquí Alejandro profundiza en sus conocimientos de literatura y filosofía, pero también en medicina o geografía, entre otras materias, y es Aristóteles el que le entrega un ejemplar de la Ilíada revisada y con anotaciones de él mismo. En este periodo formativo, las relaciones entre Alejandro y Aristóteles tuvieron que ser necesariamente intensas, la mente más brillante de su tiempo se encargaría de moldear un diamante en bruto, un diamante llamado a ser el hombre más grande de la historia antigua.


Tanto si fue por poco tiempo como si no, Alejandro pasó esas horas escolares con una de las mentes más infatigables y de intereses más amplios que jamás han existido. Hoy día, Aristóteles es recordado como filósofo aunque, además de obras filosóficas, también escribió libros sobre las constituciones de ciento cincuenta y ocho Estados distintos, editó una lista de los vencedores en los juegos de Delfos, se ocupó de temas de música, medicina, astronomía, magnetismo y óptica, hizo observaciones sobre Homero, analizó la retórica, esbozó las formas de la poesía, consideró las partes irracionales de la naturaleza humana y puso la zoología en una correcta trayectoria experimental, en una serie de compendios que constituyen obras maestras, cuyos hechos se convirtieron en arte gracias al amor de un raro observador de la naturaleza; le intrigaron las abejas y empezó el estudio de la embriología, aunque la disección de cuerpos humanos estaba prohibida y sólo tuvo ocasión de procurarse y examinar fetos procedentes de abortos. El contacto entre el mayor cerebro de Grecia y su mayor conquistador es un tema irresistible, y su mutua influencia ha despertado desde siempre la imaginación.





Después de su periodo de formación en Mieza, Alejandro empezó a ejercer funciones d gobierno, siendo regente del reino durante las largas ausencias de su padre debido a sus campañas militares. “Los jóvenes”, escribió Aristóteles, “no son el auditorio más adecuado para la ciencia política; no tienen experiencia de la vida y, puesto que todavía siguen a sus emociones, sólo escucharán sin un propósito, de manera vana”. Esto acabaría demostrándose como una idea errónea con la figura de Alejandro: Cuando su padre le encargó a Alejandro comandar la caballería en la decisiva batalla de Queronea, Aristóteles le sugirió que esperase a tener más edad, pues el maestro lo juzgó demasiado joven y poco formado para comandar su primera batalla. La respuesta de Alejandro fue simple: «Si espero perderé la energía de la juventud», y viendo el resultado posterior de la historia, debemos decir que Alejandro estaba en posesión de la verdad: como esperar a perder la energía y la audacia que solo se tiene en la juventud y que con la madurez se convierte en prudencia y conservadurismo. Posteriormente, en 335 a. C., siendo Alejandro ya rey, Aristóteles regresó a Atenas, estableciendo allí su propia escuela conocida como el Liceo, que sería engrandecido con plantas y animales llegados de todos los rincones de Asia que el propio Alejandro le mandaba para que fueran estudiados y analizados por su maestro, para mayor gloria del conocimiento humano. Así, los comienzos de la zoología deben buscarse en la obra aristotélica, concretamente en los estudios sobre la generación y la anatomía de los animales, si bien con anterioridad ya habían existido estudiosos hindúes que influyeron poco o nada en la ciencia griega occidental. Aristóteles realizó observaciones de verdadero rigor científico acerca de la reproducción de los animales, y en anatomía sentó las bases del conocimiento sistemático del reino animal. Tanto es así que el mismo biólogo Charles Darwin remarcó que sus “dos dioses”, Linneo y Cuvier, eran “simples niños” comparado con el viejo Aristóteles. Pero si Aristóteles llegó a tanto fue gracias a que Alejandro llevó a la práctica lo que hasta entonces solo era teórico.


Aristóteles compartía el punto de vista común de sus contemporáneos griegos de que la cultura griega era superior a las costumbres del este bárbaro. Pero lo que Alejandro se encontró en Oriente no era una cultura bárbara, sino una civilización culta y refinada con más miles de años de antigüedad que la griega, y eso, lo percibió Alejandro rápidamente. En su Ética a Nicómaco, Aristóteles concluye que había que tratar a lo griegos como amigos y hermanos de raza y a los asiáticos como bestias y plantas. No obstante, con el paso del tiempo, y fruto de las informaciones y detalles dados por Alejandro a su maestro durante la campaña, éste modificó sus duras ideas sobre los “bárbaros” como así parece reflejar su obras posteriores como “Sobre la naturaleza de reinar” o “De la monarquía”, que aunque desafortunadamente se han perdido, sus títulos y citas que otros autores hacen de esta obra, parecen aportar una corrección de Aristóteles a sus anteriores obras, así como un nuevo contenido ético-político a la tradicional idea del monarca y del bárbaro, en concreto del persa.


La medicina, los animales, la naturaleza de la tierra o la forma de los mares eran intereses que Aristóteles podía contagiarle y que formó parte del Alejandro adulto. Alejandro prescribió curas para la mordedura de serpientes a sus amigos, curaba heridas con azafrán al observarlo de los asiáticos, sugirió que una nueva variedad de ganado debía enviarse por barco desde la India hasta Macedonia y compartió el interés de su padre por la canalización y el riego, así como por la recuperación de las tierras yermas; sus agrimensores midieron a pasos los caminos de Asia, y él destinó su flota para que explorara el mar Caspio y el océano Índico; su tesorero experimentó con plantas europeas en un jardín babilonio y, gracias a los hallazgos de la expedición, el discípulo más inteligente de Aristóteles pudo incluir el baniano, la canela y una mata de mirra en libros que marcan el inicio de la botánica. Alejandro fue algo más que un hombre duro y ambicioso; tenía el amplio arsenal de intereses de un hombre curioso, y durante los días que pasó en Mieza, hubo temas suficientes para que dichos intereses salieran a la luz. “Es el único filósofo”, dijo amablemente un amigo refiriéndose a él, “al que he visto siempre armado”.


Cuando Alejandro nombró a orientales para ocupar altos cargos en su imperio, despertó el odio y la furia de los filósofos atenienses así como el recelo de su antiguo tutor. Esta práctica de respeto hacia los pueblos de Asia le demostró a Alejandro la estrechez de miras de su tutor en relación con los extranjeros. La idea de Alejandro fue la de un nuevo mundo sobre los cimientos del antiguo en el que no hubiera ni conquistadores ni conquistados. Así mientras Aristóteles seguía predicando la superioridad de la ciudad-estado, su discípulo establecía las bases de un imperio universal, dejando obsoleto el modelo de ciudad-estado tan querido por su tutor. El pensamiento político de Aristóteles se basaba en la vida de una ciudad griega, y fueron estas mismas ciudades griegas las que su discípulo diseminó desde el Nilo hasta las faldas del Himalaya, donde perduraron y fueron importantes durante mucho más tiempo que ninguna etapa monárquica, y a menudo se ha criticado a Aristóteles por no haber sido capaz de prever su supuesta importancia, ya que era esa amplitud de horizontes impuesta por Alejandro la que hará universal y eterna la filosofía y el pensamiento griegos.


El maestro también criticó que su pupilo adoptase la moda y las tradiciones persas, llegando a acusar a Alejandro de orientalizarse. Aristóteles jamás entendió el propósito de Alejandro en este tema, jamás entendió que se trataba de un gesto de respeto y al mismo tiempo de pragmatismo con el que Alejandro conseguía mantener la obediencia de sus súbditos asiáticos al respetar las antiguas tradiciones y costumbres que siempre cumplieron los reyes orientales. Alejandro no sólo siguió siendo un griego en el mundo oriental a través de las ciudades que fundó, sino también a través de la cultura, y aunque la política y las amistades lo llevaron a incluir a orientales en el gobierno de su imperio, nunca adoptó la religión persa y es probable que nunca llegara a aprender de manera fluida una lengua oriental.