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Alejandro Magno y el Zoroastrismo: ¿persiguió Alejandro a la religión persa?



La actitud ante la religión adoptada por Alejandro tras su conquista del Imperio persa parece estar definida por una finalidad política manifiesta. Por una parte, el rey mostró un claro interés por obtener el apoyo de los cultos locales y de los sacerdotes vinculados a ellos en regiones como Egipto, Asia Menor y Babilonia, sabedor de que éstos se relacionaban de forma directa con los grupos aristocráticos. Los casos más representativos quedan reflejados en la actuación de Alejandro tras la conquista de Egipto, particularmente con su visita al oráculo del dios Amón en el oasis de Siwa.


Tras el asesinato de Darío III en su huida hacia Bactria, Alejandro pretendía presentarse como el legítimo heredero al trono persa, frente al usurpador Bessos. De hecho, la continuidad de muchas de las instituciones aqueménidas supuso que en algunos aspectos Alejandro fuera considerado como el “último de los aqueménidas”. La política conciliadora realizada por el macedonio hacia los persas tendrá su expresión tanto en los aspectos prácticos de tipo militar, económico y político, como también en lo simbólico y propagandístico, como del banquete de Opis y las palabras atribuidas a Darío en su muerte. Los textos clásicos que han relatado de diversa manera aquellos años de gobierno de Alejandro sobre el imperio persa, parecen querer subrayar la actitud de respeto e integración puesta en marcha por el propio rey: Conservad vuestras costumbres propias, las fiestas y los sacrificios y ferias tradicionales, como en tiempos de Darío. No podemos olvidar que el acceso al trono persa de Alejandro fue fruto de una victoria militar, que inevitablemente trajo consigo la muerte de muchos persas, entre los que debió haber muchos colaboradores directos de la monarquía aqueménida. En este punto, se ha planteado que las represalias macedonias debieron afectar también a parte del clero zoroastriano, los magos, que tenían competencias directas en la administración del Estado. A este aspecto especulativo, se le debe sumar un hecho histórico de enorme impacto visual y sentimental para la mentalidad de los persas. Con el incendio de la capital aqueménida, Persépolis, no sólo desaparecían los palacios creados por los reyes persas desde Darío I, sino que, como veremos, la tradición zoroastriana posterior vinculó ese episodio con la destrucción de las copias de los textos sagrados avésticos que el rey Darío III había mandado almacenar en el Tesoro del Palacio. Este episodio, tradicionalmente, ha sido interpretado desde la óptica “helenocéntrica”, y la bibliografía disponible ha tratado de ofrecer diferentes explicaciones a las motivaciones que pudieron estar detrás del acontecimiento. La definición de este capítulo es el de “política de fusión”, cuya expresión externa más significativa fue el matrimonio masivo de Alejandro y sus generales con las princesas persas. El interés por consolidar la percepción de legitimidad se encuentra en la base de la adopción del ceremonial persa y de otras prácticas externas, recientemente ha sido retomada esta cuestión En contra de esta cuestión, los mismos autores clásicos que describen este hecho, emiten diferentes juicios de valor sobre el incendio. Así encontramos quienes lo sitúan dentro de un plan de venganza por la destrucción de la Acrópolis de Atenas realizada por Jerjes en 480 a. C. (Arrian: Anab. III,18.11-12) y quienes concediendo el protagonismo a una mujer, Thais, sitúan el acto dentro del contexto de los excesos fruto de una borrachera (Plut. Alej. 38; Diod. XVII,72.1-6). En cualquier caso, está claro que detrás del incendio de Persépolis se encerraba un mensaje de carácter político que debía ser interpretado tanto desde la perspectiva macedonia, como desde la persa. Para estos últimos, con la destrucción de Persépolis se escenificaba la idea de que se eliminaba la posibilidad de volver a recuperar la idea de una restauración del imperio tal y como lo habían fundado los miembros de la dinastía aqueménida. La importancia de este signo debió ser enorme, y, a pesar de no conservar fuentes de procedencia persa que nos informen sobre cómo fue asumido este hecho entre los iranios, sí podemos rastrear su huella en la formulación de las referencias a Alejandro Magno que comienzan a aparecer en el contexto de regeneración religioso zoroastriano en los inicios del imperio persa sasánida.


En algunos textos de la tradición avéstica tardía encontramos referencias en las que se demoniza la figura del conquistador macedonio, presentándole como un agente del Mal Absoluto, y quedando asociado su nombre al adjetivo de “gizistag” o maldito, término que en el Avesta se utiliza para referirse a Ahriman. Más explícito es el texto conocido como Ardā Wirāz, cuya datación se sitúa en esta época (ss. III – IV d. C), donde se establece lo siguiente: Pero después, el Maldito Mal Espíritu, el malvado, con la intención de hacer dubitativos a los hombres de esta religión, instigado el maldito Alejandro, el Romano, que estaba habitando en Egipto, así vino al país de Irán con crueldad severa y devastación; él además derrotó al regidor de Irán, destruyó la metrópolis y el imperio, y los dejó desolados. Y esta religión, a saber, todo el Avesta y el Zand, escrito sobre pieles de vaca preparadas, y tinta de oro, estaba depositada en los archivos, en Stakhar Papakan, y la hostilidad del maldito destino, el perverso Ashemok, el hacedor del mal, quedó ante Alejandro, el Romano, quien estaba habitando en Egipto, y la quemó toda. Y mató muchos Dasturs y jueces y Herbads y Mobads y defensores de la religión, y los capacitados y sabios del país de Irán.


Dejando a un lado la identificación de Alejandro con el enemigo de los persas de ese momento (los romanos), existen otros elementos de estos textos señalados que conviene comentar, para poder entender la plasmación de este discurso anti-alejandrino, casi seiscientos años después de los acontecimientos referidos. Por una parte, debemos preguntarnos si se está describiendo un hecho histórico en estos fragmentos, y, posteriormente, habrá que plantear cuál es la motivación que está detrás de su composición en el momento en que ésta se hace.

Las fechas que los estudiosos barajan para establecer la composición escrita de los textos zoroastrianos se mueve entre el s. X d.C., fecha de los manuscritos más antiguos conservados, hasta el siglo VI d.C., en el que por crítica lingüística se ha establecido la invención del avéstico. A partir de esta circunstancia, se ha fundamentado la opinión común de que hasta ese momento, la formación y transmisión de los textos avésticos había sido el resultado de la tradición oral, desempeñando un papel fundamental en esto el clero zoroastriano. Las opiniones que han querido dar verosimilitud a la posibilidad de una escritura del Avesta en época aqueménida, han quedado abandonadas por la imposibilidad de su demostración, y tan sólo se ha abierto recientemente la vía a un posible inicio de escritura en algunas regiones orientales del Imperio Persa.


A la carencia informativa por parte persa anterior a la época sasánida en relación a la existencia de un texto sagrado escrito, debemos sumar el absoluto silencio que las fuentes clásicas disponibles para la conquista alejandrina hacen al respecto; en los pasajes señalados que describen el incendio de Persépolis, no existe ninguna referencia a la destrucción accidental o intencionada de los textos sagrados avésticos; aunque sí se sabe de asaltos y saqueos de templos persas en algunas ciudades importantes del imperio. Todo esto, además, parece contradecir la política religiosa de Alejandro al respecto, tal y como hemos señalado que se aplicó en otros territorios conquistados. Se sabe que Alejandro y sus tropas sacaron de Persépolis, y para ello dedicó buena parte de su estancia en la ciudad, el tesoro real que necesitaba para continuar con sus campañas. Si como señalan los textos sasánidas mencionados, la copia del Avesta estaba escrita en tinta de oro, existen muchos motivos para asegurar que la invención de la escritura avéstica ocurrió en algún momento entre el s. V y el s. VI y que fue en esta fecha cuando se puso por escrito por primera el Avesta junto con su traducción al pahlavi, guardaba en la Fortaleza de Persépolis, resulta enormemente extraño que no se haya conservado ninguna referencia a tal maravilloso hallazgo. Queda evidenciado, pues, que la fama de destructor del Avesta atribuida a Alejandro Magno tal y como señalan los textos de época sasánida, al menos, no se puede fundamentar sobre hechos históricos. La siguiente acusación de haber perseguido a la religión zoroastriana, representada en su clero, debe ser puesta en cuarentena, en tanto en cuanto no resulta posible negar la posibilidad de que en el transcurso de las batallas y las represiones puntuales que realizaran los macedonios en las satrapías aqueménidas, pudiera haber muerto un importante número de magos, aunque sin responder a un programa previo de persecución específica contra el clero zoroastriano. Sin embargo, se nos plantea la siguiente cuestión que habíamos formulado tras la lectura del pasaje del libro Arda Viraz. La toma del poder por la dinastía sasánida en Persia en el año 224 d. C., desplazando definitivamente a los partos arsácidas, vino acompañada por la aplicación de una política encaminada a fortalecer la legitimidad de los nuevos gobernantes. En este sentido, uno de los elementos que desempeñó un papel fundamental fue el recurso a la religión, lo que se concretó en el apoyo explícito al Zoroastrismo como la religión oficial del Imperio.


Esta circunstancia no resultaba novedosa en el Irán antiguo; sin embargo, queda evidenciado suficientemente que las relaciones van a ser en este momento mucho más firmes y patentes que en dinastías anteriores. Se creó una verdadera unión efectiva entre la iglesia zoroastriana, representada por su clero, que obtuvo puestos importantes en la administración, y la monarquía que se presentaba ante sus súbditos como sancionados por la autoridad divina y con la obligación de cuidar del buen estado de la religión. Junto con el protagonismo que va a adquirir la religión zoroastriana como vehículo de articulación de la identidad nacional persa bajo los sasánidas, existe otro aspecto ideológico que será fundamental. Los reyes sasánidas explotarán la idea de que su dinastía se entroncaba directamente con el pasado glorioso de Persia, que en el ideario colectivo estaba representado por Ciro y la dinastía aqueménida. Por tanto, el periodo intermedio representado por los macedonios seléucidas y luego por los partos arsácidas, debía ser considerado un paréntesis circunstancial. Todo lo que estuviera vinculado con la causa de la desaparición de los aqueménidas debía ser interpretado de manera negativa o sospechosa. Para el caso de los seléucidas resultaba evidente; mientras que para los partos, a quienes no se consideraba propiamente persas, se criticó la disposición filohelena que muchos de sus monarcas habían manifestado a lo largo de sus gobiernos. En este contexto es donde se inserta el relato de la destrucción de la copia escrita del Avesta y la atribución a Alejandro Magno del adjetivo de “gizistag” y brazo ejecutor del Mal Espíritu. Parece que nos encontramos ante la construcción de una justificación ideológica que ampare la legitimidad de los nuevos monarcas, quienes, apoyados por el clero zoroastriano, tratan de presentarse ante sus súbditos como restauradores del primer imperio persa. Para ello, es necesario demonizar al personaje que puso fin a dicho periodo, y, en estos asuntos, el elemento de la religión siempre ha servido de instrumento perfecto. No deja de ser significativo que haya sido a través de la acusación de perseguidor de la religión, como en el contexto persa sasánida se haya querido definir la actuación de Alejandro. Por un lado, porque se contradice con lo que los autores clásicos ya citados nos han dejado constancia, y porque sí disponemos de pasajes que han tratado de describir cuál fue la actitud que el pueblo persa manifestó hacia Alejandro tras su muerte. Nos encontramos con el testimonio de la obra atribuida a Calístenes en la que mencionan las disputas que se entablan por el cuerpo del conquistador a su muerte: Los persas se peleaban con los macedonios, porque querían llevarse consigo a Alejandro e invocarlo como Mitra. Los macedonios se oponían porque querían trasladarlo a Macedonia.


Sin excluir la posibilidad de que desde determinados sectores persas, el hecho de la conquista fuera tomado como traumático, podemos decir que la intencionalidad que inspiraba a los autores sasánidas estaba motivada por acontecimientos contemporáneos, y que buscaron en un pasado remoto una justificación histórica. A través de la “demonización” de Alejandro Magno, se articulaba una actitud de reivindicación legitimadora por parte de los monarcas sasánidas, además de focalizar hacia lo griego (y, por extensión, lo romano), un sentimiento de rechazo y revancha necesarios para romper con el pasado filo-helénico de seléucidas y partos, y poder fortalecer la identidad nacional en torno a la nueva dinastía y la religión.


BIBLIOGRAFÍA:


Alejandro Magno y la Religión Zoroastriana: testimonios enfrentados. De Israel Campos Méndez. Universidad de Las Palmas de Gran Canaria