Buscar

El escudo de Aquiles: la joya de orfebrería forjada por el dios Hefesto

En medio del fragor de la batalla, Patroclo yace muerto ante el espasmo de los aqueos y la algarabía de los troyanos. Aquiles, que cegado por la cólera se ha privado de combatir, no conoce pero sí presiente el destino del más querido de sus amigos, cumpliéndose el anuncio del poeta en los primeros versos: “Canta, oh diosa, la cólera del pélida Aquileo; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves...” El joven Patroclo, dado al combate en actitud temeraria, había hecho caso omiso a la advertencia del pélida de no enfrentarse a Héctor, el "matador de hombres". Aquiles, tras enterarse de lo acaecido, desata dentro de sí una profunda crisis que lo precipita en el mayor dolor que a un hombre le es posible: se sabe responsable por la muerte del amigo y por la suerte de su pueblo. Es el momento en que el héroe recapacita, retorna a la cordura, se quita la venda de la ira y abandonando ese fatal estado de hybris, asume la culpa por la caída al Hades del alma de muchos de sus compañeros. “Muera yo en el acto -señala a su madre- que no pude socorrer al amigo cuando lo mataron: ha perecido lejos de su país y sin tenerme al lado para que lo librara de la desgracia. Ahora puesto que no he de volver a la patria tierra, ni he salvado a Patroclo y a muchos amigos que murieron a manos del divino Héctor, permanezco en las naves cual inútil peso de la tierra...” En el horizonte heroico de la Guerra de Troya, el rol individual del héroe es evidentemente fundamental. La presencia de Aquiles, el mejor de los griegos, así como la de Héctor, héroe superior de Troya, resulta imprescindible en el desenlace de una contienda en la que hay en juego mucho más que la venganza griega por el agravio de que fuera víctima Menelao, rey de los lacedemonios. Se hallan representadas frente a frente, allí en las arenas de Troya, dos formas de abordar el mundo, dos disímiles concepciones de la realidad; es, podríamos decir, el primer choque entre occidente y oriente y, en la perspectiva griega, el gran enfrentamiento entre la civilización y la barbarie. Aquiles, conocedor de estas implicancias, había aconsejado a Patroclo -según señalamos- no medirse con el “matador de hombres”, cuando decidió, tras la persuasiva petición de aquél, ofrecerle sus preciosas armas para engañar y con ello amedrentar al ejército enemigo. Armas no sólo valiosas por su factura y por el auxilio que le habían ofrecido en innumerables contiendas, sino además con una rica tradición familiar de alcances divinos. Fueron éstas, nada menos que el preciado regalo de bodas que recibiera de los dioses inmortales su padre Peleo el día que contrajo nupcias con Tetis, divinidad de las profundidades del mar. El héroe se encuentra, en consecuencia, completamente despojado; ha perdido junto con su amado amigo, el más noble bien de todo guerrero. Ante esta encrucijada, suerte ineludible del destino, Aquiles ve en la venganza el único acto heroico capaz de redimirle y de devolverle sentido a su existencia..."pues mi ánimo no me incita a vivir –señala apesadumbrado– ni a permanecer entre los hombres, si Héctor no pierde la vida, atravesado por mi lanza, recibiendo de este modo la condigna pena por la muerte de Patroclo Tetis que teme por la vida de su hijo, puesto que al héroe no le es ajena la muerte, decide socorrerlo acudiendo nada menos que a Hefesto, dios forjador, a quien los hombres invocarán con el correr del tiempo como el “de manos vigorosas, eterno obrero -y- señor de las artes...”, para que sea éste quien le procure nuevas armas a la altura, tanto de la dignidad de Aquiles, como del combate que el héroe se ha propuesto dar.

Los versos narran con detalle las escenas cívicas, agrarias y pastoriles cinceladas en el escudo, un microcosmos de la vida cotidiana pacífica en tiempos homéricos, unas escenas bélicas del sitio de una ciudad con una emboscada relacionada y unas escenas astronómicas. Se trata de una fuente de información valiosísima para reconstruir la vida cotidiana de la Grecia de tiempos homéricos e incluso anteriores. Podríamos decir que se trata de la representación de uno de los cuadro de costumbres más antiguos que se conocen.


Encontramos en el canto XVIII de la Ilíada una magnífica y detallada descripción de las formas que el dios Hefesto labró en la superficie del escudo reservado para Aquiles. En los primeros diez versos Homero nos describe el trabajo de Hefesto en su fragua, el trabajo de forjado del metal, una descripción que nos permite hacernos una idea acertada de cómo se realizaba este trabajo en la antigüedad. También nos menciona los metales utilizados para su elaboración: bronce, estaño, oro y plata. Metales, todos ellos, que se corresponderían más con la elaboración de un escudo de carácter ceremonial que con uno de uso militar pero lo que Homero pretendió fue dar una cierta magnificencia tanto al trabajo de Hefesto, como al destinatario del escudo, Aquiles. Una vez concluida esta parte, inicia la descripción propiamente dicha del escudo, comenzando por los rasgos físicos de las cinco capas que lo componían (XVIII, 478):


El diseño del escudo interpretado por Angelo Monticelli , de Le Costume Ancien ou Moderne , ca. 1820.

En la primera franja encontramos una pequeña descripción astronómica con la Tierra, el Sol, el cielo, la Luna llena y algunas estrellas y constelaciones, entre las cuales nos aporta especial información acerca de la Osa Mayor, de la que nos dice que nunca cambia de sitio, siempre está orientada hacia Orión y es visible durante todo el año (“es la única que deja de bañarse en el Océano”).

En una segunda franja encontramos dos ciudades. En la primera describe diversas escenas que representan algunos momentos tipo de la vida pacífica en la ciudad. Primeramente describe bastante bien el cortejo nocturno que acompaña de la esposa (perteneciente a la aristocracia por la pomposidad del mismo) en el paso del oikos del padre al del marido durante el gamos (día principal del matrimonio) uno de los principales ritos de paso de la mujer en la Grecia antigua. En otra escena está representado un juicio por homicidio realizado en el ágora de la ciudad y al que asisten los ciudadanos (varones obviamente) en asamblea. Se realiza una buena descripción de un proceso judicial, con la participación de los implicados, la presentación de los testigos y los testimonios así como la importancia de los ancianos de la ciudad y de los heraldos en dicho proceso. Así se describen las bases de la vida en la polis, el entorno femenino, centrado en el matrimonio y la vida familiar y el entorno masculino, vinculado a la vida política y jurídica ciudadana. Ambos rasgos muestran un cierto desarrollo de la polis en el momento en que Homero redacta el texto, finales del siglo VIII ANE, el periodo arcaico, durante el cual se está formando en Grecia la polis. En la segunda ciudad, describe la otra cara de la vida en la ciudad, la guerra, a través de una serie de escenas. En la primera nos encontramos el sitio de una ciudad durante el cual se hace referencia a las rencillas surgidas entre los sitiadores por el modo de repartir las riquezas una vez hubieran tomado la ciudad. Ésta estaba defendida en la muralla por los ancianos, las mujeres y los niños ya que los hombres partían para preparar una emboscada, la cual es descrita en la segunda escena. Al frente de los hombres que salen de la ciudad se encuentra Ares y Atenea, las divinidades tutelares de la guerra, Ares ensalzando los rasgos más violentos y terroríficos de la guerra y Atenea, por su parte, la guerra justa y organizada, la guerra estratégica. Ambos dioses están representados con mayor majestuosidad y tamaño, rasgos propios del arte arcaico, con notables influencias orientalizantes. Los emboscados, se sitúan junto a un río y cerca de un abrevadero de ganado donde pretenden arrebatarle los rebaños de bueyes y ovejas a los sitiadores. Aquí interpola una referencia a la apacible y vivaracha vida pastoril. Los sitiadores se percatan y empieza una batalla que presenta unas características anteriores al combate hoplítico, otra importante revolución que se produce durante el periodo arcaico. Se trata de un combate similar al que podemos apreciar durante el resto de la Ilíada, representado por la participación de las divinidades Discordia y Tumulto. Un combate caótico y desorganizado en el cual se retiran los cadáveres del campo de batalla al tiempo que se lucha. Estas características, tras la implantación del combate hoplítico serán sustituidas por la organización, el combate en formación cerrada -la falange. Además, las lanzas utilizadas son de bronce, similares a las utilizadas en el resto de la Ilíada y pertenecientes a un periodo anterior a la redacción del texto por Homero, cuando ya está asentado en Grecia el trabajo del hierro, introducido, presumiblemente, por los dorios.


El escudo de Aquiles, de una ilustración de 1832.

En la tercera franja se nos describen escenas idílicas de la vida rural y el trabajo del campo en el mundo griego. En la primera de ellas, nos describe diferentes procesos agrícolas: el arado de la tierra, que nos aporta información interesante del trabajo campesino. En otro campo los jóvenes siegan la cosecha bajo la vigilancia del rey, seguramente el basileus propietario de las tierras que pertenecerían a su oikos, reconocible por el cetro, mientras unos heraldos preparan un banquete, recurso nuevamente introducido para idealizar un trabajo tan duro como éste. En otra escenas se aprecia una viña convenientemente delimitada y salvaguardada (para evitar el robos de los frutos) a la que se accedía por un solo camino por el que transcurrían jóvenes danzantes al son de un canto acompañado de una cítara. Nuevamente un recurso que idealiza otra durísima labor del campo, la vendimia. Cabe destacar como Homero idealiza las labores agrarias aderezándolas con elementos de ocio o diversión que reduzcan la dureza de las labores del campo, algo que no realizará en la siguiente franja, referente al mundo pastoril.

En una cuarta franja se nos describen diferentes escenas relacionadas también con la vida rural, pero esta vez en su vertiente ganadera. En la primera de ellas, podemos ver una escena de pastoreo de ganado vacuno realizada por un grupo de cuatro pastores y nueve perros. Describe como dos leones han atacado el rebaño y matado al toro. Mientras lo devoran, los pastores intentan ahuyentarlos con varas y los perros, pero son incapaces de logarlo. Es una escena tipo, ya que hasta época romana aún habitaban leones en la Grecia continental y en Anatolia que solían atacar el ganado para alimentarse. En una segunda escena se nos describe un prado para el pasto de ovejas y las correspondientes edificaciones vinculadas a esta labor sin entrar en mayores detalles. Por último, describe ricamente una escena de baile (y los pasos del propio baile) en la que participan jóvenes de las familias principales o aristocráticas, probablemente los propietarios de los rebaños, presenciada por un gran grupo de gente, presumiblemente los pastores y el resto de la comunidad. Un aedo canta, recita y toca la cítara, probablemente hecho llamar o convocado para la ocasión. Es en este tipo de festejos, junto al simposio, en los cuales los aedos (tales como el propio Homero) desarrollaban su labor de recitado y cantado de los poemas o fragmentos de poemas épicos de memoria. En la orla del escudo está representado el Océano, envolviéndolo todo acorde a la concepción del cosmos que tenían los griegos según la cual el Océano rodeaba el mundo conocido.


Esquema del Escudo de Aquiles

El escudo de Aquiles se puede leer de diferentes formas. Una interpretación es que el escudo representa un microcosmos de civilización, en el que se muestran todos los aspectos de la vida. La representación de la ley sugiere la existencia de un orden social dentro de una ciudad, mientras que los ejércitos en disputa representan un lado más oscuro de la humanidad. Las imágenes de la naturaleza y el universo también refuerzan la creencia de que el escudo es un microcosmos de la vida griega, ya que puede verse como un reflejo de su percepción del mundo. De manera poética y descriptiva, algunos estudiosos lo interpretan como un resumen de todo el conocimiento humano en la era homérica. Además, el sol y la luna se muestran brillando simultáneamente, lo que algunos consideran representativo de una comprensión general del universo y la conciencia del orden cosmológico de la vida.


El escudo muestra imágenes de conflicto y discordia al representar las capas del escudo como una serie de contrastes, es decir, guerra y paz, trabajo y fiesta. Wolfgang Schadewaldt, un escritor alemán, sostiene que estas antítesis que se cruzan muestran las formas básicas de una vida civilizada y esencialmente ordenada. Este contraste también se ve como una forma de "hacernos ... ver [la guerra] en relación con la paz".


BIBLIOGRAFÍA:


James A. Francis. (2009). Doncellas de metal, escudo de Aquiles y Pandora: los inicios de "Ekphrasis". Revista estadounidense de filología.

The Oxford Companion to Classical Literature (1989 ed.) P.519

Joshua Kotin. (2001). "Escudos de contradicción y dirección: Ekphrasis en la Ilíada y la Eneida", 11-16.

Germaine Aujac. (1987). Los fundamentos de la cartografía teórica en la Grecia clásica y arcaica. La historia de la cartografía, volumen 1(págs. 130-147). Prensa de la Universidad de Chicago.

Homero, La Ilíada trans. EV Rieu (Penguin Classics, 1950) págs. 349–53

Wolfgang Schadewaldt, "Der Schild des Achilleus", Von Homers Welt und Werk (Stuttgart 1959).

Oliver Taplin, "El escudo de Aquiles dentro de la Ilíada ", G&R 27 (1980) 15.