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El falso mesías que abriría las aguas del Mediterráneo para que los judíos regresaran a Jerusalén

Después de la fallida guerra de Bar Kokhba contra los romanos, los movimientos mesiánicos terminaron durante varios siglos. Sin embargo, la esperanza de un mesías venidero continuó entre el pueblo judío. De acuerdo con una interpretación del Talmud, el Mesías se esperaba en el año 440 (Sanh. 97b) o en el 471 ('Ab. Zarah 9b). Así que surgió en siglo V d. C. un judío que vivía en Creta que aprovecharía la ocasión para proclamarse ante los suyos como el mesías que todos esperaban, Moisés de Creta.


En realidad no sabemos mucho sobre Moisés de Creta, ni siquiera su nombre verdadero, salvo por los pocos antecedentes que nos deja un historiador llamado Sócrates de Constantinopla, que escribió sobre él posteriormente en su libro "Historia Eclesiástica". Los judíos de Creta habían vivido con relativa tranquilidad en aquella isla hasta que en el siglo V muchos de la comunidad judía empezaron a convertirse en masa a la nueva y triunfante religión del imperio romano, el cristianismo. Es en ese entorno y entre muchos judíos que veían su fe en peligro ante el proselitismo cristiano cuando surgió de entre ellos el protagonista de esta historia.


Este judío impostor tuvo el descaro de afirmar que era el Mesías y que al igual que Moisés, había sido enviado desde el cielo para sacar a los judíos que habitaban en Creta y conducirlos a través del mar hasta Jerusalén. Afirmó ser que él era la misma persona que anteriormente preservó a los israelitas guiándolos a través del Mar Rojo. Por tanto, durante un año entero deambuló por las distintas ciudades de la isla cretense y persuadió a los judíos para que confiaran en su mesianismo. Además, les pidió que renunciaran a su dinero, posesiones y otras propiedades, comprometiéndose a guiarlos a través de un mar seco hacia la tierra prometida. Engañados por tales expectativas, los judíos que en este nuevo Moisés creyeron, se desprendieron de sus bienes, de su dinero y de sus propiedades, algunos descuidaron sus negocios y otros los regalaron o malvendieron al primer interesado, despreciaron lo que poseían y permitieron que cualquiera que quisiera tomarlo lo tomara sin problema. Cuando llegó el día señalado predicho por Moisés para la partida, él mismo tomó la iniciativa al subir un pequeño monte en la costa, y todos los que lo seguían con sus esposas e hijos le siguieron hasta llegar al promontorio que colgaba sobre el mar.

A una señal suya, los crédulos se lanzaron al mar desde ese promontorio confiando en que las aguas se abrirían y que el todopoderoso Yahvé frenaría sus caídas y los posaría a todos suavemente sobre el lecho seco del mar. Los que se precipitaron primero a las aguas lo hicieron e inmediatamente perecieron en el acto; parte de ellos se hizo añicos contra las rocas de la orilla y otra parte se ahogó en las aguas. Muchos más hubieran perecido si no hubieran estado presentes de forma providencial algunos pescadores por el lugar. Estas personas, sorprendidas por tal acto de insensatez, sacaron y salvaron a algunos que casi se ahogan, quienes luego ante el peligro que habían corrido, parecieron recuperar de forma súbita la razón al darse cuenta de la locura de su acción. Los demás que no se habían lanzado a las aguas de forma inmediata como los primeros vieron horrorizados cuán terriblemente habían sido engañados, culpándose de su propia credulidad, trataron de apoderarse del falso mesías, el llamado Moisés para darle muerte. Pero no pudieron apoderarse de él, porque de repente, nadie sabe cómo, desapareció, lo que indujo a la creencia generalizada de que era un demonio maligno, que había asumido una forma humana para la destrucción de la nación judía en ese lugar. Otros, más racionales y probablemente más acertados, pensaron que Moisés había tramado tal engaño, jugando con las esperanzas y la fe de su pueblo para enriquecerse con las posesiones y bienes de los incautos judíos que creyeron en él. Lo cierto es que nunca más se supo nada del Moisés de Creta, pero algo si sabemos seguro, él no se lanzó al agua, por lo que mucha fe en él mismo y sus profecías parece que no tenía.

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