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El-Gabal: el meteorito sirio que fue llevado a Roma y adorado como Sol Invictus

Oriente fue y es, sin duda, una zona de gran importancia a nivel cultural y religioso a lo largo de los siglos. Grandes religiones hunden sus raíces en la larguísima tradición oriental. De sus antiguos territorios, viene hacia nosotros el recuerdo de una de las tantas divinidades de origen oriental que acabaron siendo adoradas en Occidente: El-Gabal. Su nombre derivaría de “El” que era la divinidad central del Panteón cananeo, considerado “el padre del Hombre y de todas las criaturas”, y cuya adoración se extendió por todo el Levante Mediterráneo (es decir, aquella zona situada al sur de los montes Tauro, limitada por el Mediterráneo al oeste, el desierto de Arabia al sur y Mesopotamia al este, quedando la península del Sinaí como área marginal). “Gabal” significaría “montaña”, prestando evidencia a este respecto, los coincidentes significados de los términos “gevul” en hebreo, y “ğebel”, en árabe. El principal centro de culto de esta deidad de tipo solar, estaba emplazado en la antigua ciudad de Emesa, la actual Homs, donde los arqueólogos consideran que la actual Gran Mezquita de Homs, que es en parte una antigua iglesia cristiana, que a su vez contenía los restos del antiguo templo pagano de El-Gabal y este puede ser el sitio del gran templo del Sol, del cual Heliogábalo era sacerdote. Su efigie y principal objeto de culto era, sin duda, era muy singular; sabemos gracias al historiador romano Herodiano que era una piedra de pretendido origen celeste (probablemente un meteorito), resguardada en el templo del dios en Emesa. Respecto de esta roca, el historiador comenta: “Esta piedra es venerada como si hubiese sido enviada desde el cielo, sobre ella hay algunos trozos sobresalientes y unas marcas a las que apuntan, respecto de los cuales el pueblo pretende creer que son una imagen del sol, porque es así como los ven.” (Historia romana Vol. III) El culto a la deidad se extendió a otras partes del Imperio Romano en el siglo II de nuestra era, donde sería venerado como Elagabalos (Ἐλαγάβαλος Elagábalos ) por los griegos y Elagabalus por los romanos. Por ejemplo, se ha encontrado una dedicatoria tan lejana como Woerden , en los Países Bajos de hoy en día

Pero este dios adorado sobretodo en el Oriente dio el salto a la fama cuando fue traído desde su principal centro de culto a Roma por el joven emperador Romano Marco Aurelio Antonino, más conocido con el nombre de Heliogábalo, quien además de haber nacido en Emesa, fue Sumo Sacerdote de El-Gabal antes de su convulsa llegada al trono imperial. La Historia conserva en la mancillada biografía de este emperador el nombre latino del dios “Heliogábalo” (Elagabalus), nombre que portaba orgullosamente, buscando fundir su imagen con la de su dios. También se guarda registro del excéntrico culto que le era ofrecido. Narran las crónicas que una vez asentado en Roma, el mismo Heliogábalo encabezaba cada solsticio de verano un gran festival al que todo el mundo estaba invitado, siendo un hecho muy popular entre las masas, ya que en el mismo se repartía abundante comida, gratuitamente. Además, obligaba Heliogábalo a los senadores a observar cómo danzaba alrededor de la piedra del dios al son de la música. No podía faltar la debida procesión, que no era menos curiosa,según lo que recoge para nosotros Herodiano: “Un carro tirado por seis caballos llevaba a la divinidad, los caballos enormes y de un blanco puro, con caros arreos de oro y ricos ornamentos. Nadie sostenía las riendas, y nadie llevaba el carro; el vehículo era escoltado como si el propio dios fuera el auriga. Heliogábalo corría hacia atrás enfrente del carro, mirando al dios, y sosteniendo las riendas de los caballos. Hacía todo el viaje de esta forma, al revés, mirando al rostro de su dios.” (Historia romana Vol. VI).


Analizando el texto, la descripción de Herodiano sugiere que el culto de El-Gabal se inspiró en el antiquísimo festival Akitu de Babilonia. Más allá de las extravagancias del nuevo culto que se agregaban a las ya conocidas excentricidades del nuevo Emperador, otra cosa terminó granjeando el descontento de las clases dirigentes a nivel político y religioso: Heliogábalo, lejos de querer agregar a su dios El-Gabal al panteón romano, quería anteponer el culto del mismo al de los demás dioses tradicionales. Primeramente, se buscó asimilar la figura de El-Gabal a la del dios solar romano Sol Invictus, que ya había amparado bajo su imagen a los Dioses Mitra y Helios. Luego, Heliogábalo fue más allá y situó a su dios solar por encima de Júpiter, asignándole como esposa, o bien a Minerva, o bien a Urania, e incluso quizás a la diosa Astarté, o una conjunción entre las tres. A fin de asegurar la supremacía del culto religioso a El-Gabal, Heliogábalo no dudó en tomar otra medida polémica: desplazar todas las reliquias sagradas de la religión romana al recinto del “Elagabalium”, templo construído por decreto imperial en la ladera este del Monte Palatino. Entre las sagradas piezas de la Urbe se encontraban la Gran Madre (la Diosa Cibeles), el fuego de Vesta, los Escudos de los Salios y el Paladio. Según otras fuentes -aquellas dudosas fuentes que dieron sustancia al corpus que conocemos como “Historia Augusta, Vida de Heliogábalo”- , el Emperador habría declarado que tanto judíos como cristianos y samaritanos debían practicar ritos a El-Gabal para que el dios “pudiera incluir los misterios de cualquier forma de culto”.

No sabremos nunca si las perversiones y corrupciones adjudicadas al Emperador llegado de Siria fueron verdad o no, pero bien podrían haber sido parte de una rencorosa “damnatio memoriae”, que buscaba borrar el recuerdo de un emperador que actuó ante las instituciones religiosas y políticas romanas, como un auténtico anatema. Su muerte no fue menos que patética: fue asesinado tras un frustrado intento de escape,siendo decapitado y su cuerpo arrastrado por toda la ciudad, para luego ser arrojado al Tíber. Una vez muerto el joven emperador, Alejandro Severo fue proclamado emperador y "envió la piedra de Heliogábalo de regreso a Emesa", volviendo a consagrar el Elagabalium levantado para el dios sirio a Júpiter "Vengador". Posteriormente, en 272, después de la derrota de Zenobia de Palmira ante Aureliano, el nuevo emperador que había conseguido unificar de nuevo todo el imperio fue a postrarse en señal de respeto y reverencia ante el altar de El-Gabal en Emesa. Con el auge del cristianismo sobretodo en la parte oriental del imperio, la pista sobre la piedra de El-Gabal se pierde para siempre, en el tiempo y olvido, tragado por el abandono de su culto y la arena del desierto.

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