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Hircano: el fiel perro de uno de los diádocos de Alejandro Magno

Al morir de forma prematura Alejandro Magno en el 323 a. C. dejaba un inmenso imperio sin un heredero reconocido. En su lecho de muerte, sus generales le preguntaron:¿A quién dejas tu reino?. La respuesta de Alejandro: «Hoti to kratisto», "al más fuerte", fueron palabras que alcanzarían más tarde la fuerza de una profecía cuando durante los siguientes años sus generales, que habían sido compañeros y amigos, se enzarzaron en una desenfrenada guerra sin cuartel unos contra otros en busca cada uno de convertirse en el dueño absoluto del imperio de su antiguo rey. Las guerras del mundo habían comenzado.


Años después con el auge y caída de cada uno de ellos, dos de ellos se postulaban a conseguir el tan ansiado sueño de reinar sobre todo el imperio: Lisímaco y Seleuco dirimirían sus destinos en una última gran batalla: La batalla de Corupedio fue la última batalla entre los Diádocos, los sucesores de Alejandro Magno, con esta batalla se termina la posibilidad de que alguno de ellos gobierne sobre todo el imperio alejandrino, muriendo definitivamente el sueño de mantener todo el imperio de Alejandro unido en las manos de alguno de sus generales. La batalla se libró cerca de Sardes, en el Asia Menor en el 281 a. C. entre los ejércitos de Lisímaco y Seleuco I Nicator. Lisímaco había gobernado Tracia durante décadas y partes de la Turquía occidental moderna desde la Batalla de Ipso. Recientemente, había ganado el control de Macedonia. Seleuco gobernó el Imperio seléucida, incluidas las tierras que actualmente cubre el este de Turquía, Siria, Líbano, Israel, Irak e Irán. Casi no se sabe nada sobre la batalla en sí, salvo que Seleuco ganó la batalla y Lisímaco murió durante la lucha. Algunas fuentes apuntan que Lisímaco disponía de 51.000 soldados de infantería, 8.300 de caballería y 25 elefantes de guerra, frente a los que Seleuco se presentó en batalla con 31.500 infantes, 9.500 jinetes y 60 elefantes, más 15 carros falcados. La tradición dice que, a pesar de ser ya ambos de edad muy avanzada, ambos diádocos combatieron personalmente y que un soldado llamado Malacon mató de un lanzazo a Lisímaco. Seleuco apenas pudo disfrutar de su éxito al ser asesinado poco después de la batalla de Corupedio al cruzar a Europa e intentar tomar el control de Macedonia. Todos los generales de Alejandro vivieron vidas violentas y murieron también de forma violenta, excepto Ptolomeo, que murió en paz en su palacio de Alejandría. Sin embargo la batalla se haría famosa en la literatura clásica posterior debido a la acción del fiel perro de Lisímaco


Lisímaco poseía un perro llamado Hircano que solía acompañarle en todas sus campañas militares, y esta batalla no fue una excepción.

Después de unos días, buscando su cadáver, los lugartenientes de Lisímaco hallaron su cuerpo en el campo intacto, protegido de las aves carroñeras por su fiel perro.

Hircano, se quedó recostado junto al cuerpo de su amo, emitiendo quejidos lastimeros, y durante las exequias nadie pudo alejarlo de ese lugar. Al levantarse una pira para consumir los restos de Lisímaco, se cuenta que el fiel Hircano se arrojó a las llamas, prefiriendo morir y así acompañar a su dueño en la otra vida antes que abandonar el cuerpo de quien había sido su tan amado compañero.


“Más los animales no van a la zaga en su desmesurado amor. (…) Y el perro del rey Lisímaco, libremente, quiso participar de su muerte, siéndole posible salvarse”.

Eliano

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