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La ciudad sumeria de Ur: la primera gran urbe de la historia humana



La expansión del fenómeno urbano por el mundo ha sido siempre un proceso lento pero constante. Si hace 10.000 años aparecieron los primeros asentamientos en la costa sirio-palestina, la nueva forma de organizarse en ciudades tardó un considerable período de tiempo en ser imitada en otros lugares. En la región que llamamos Oriente Próximo discurren dos grandes ríos. Nacen en montañas lejanas, en las cuales la lluvia es relativamente frecuente, e incluso lo es también la nieve en sus más altas cumbres. Desde allí, el agua se desliza durante miles de kilómetros buscando su salida al mar. Ambos ríos, a los que conocemos con los nombres de Tigris y Éufrates, discurren muy cerca el uno del otro, casi en paralelo. Cuando los observamos en el mapa, hay veces en que parece incluso que se van a unir. Pero esa unión solo sucede muy cerca de su desembocadura, y es debido a motivos que luego explicaremos. La porción de tierra que queda entre ellos es estrecha, y posee un clima bastante seco en el que llueve muy poco. Sin embargo es una tierra muy fértil. El limo que depositan ambos ríos es muy rico y de una gran productividad para los cultivos. Hace miles de años, los hombres y mujeres que habitaban en aquella región se dieron cuenta de esta característica. Y la supieron aprovechar. Esta región que se encuentra entre esos dos grandes ríos recibe el nombre de Mesopotamia, y hoy en día coincide en esencia con Irak. Mesopotamia es una palabra griega. Procede a su vez de la agregación de dos palabras, Meso, que significa ‘en medio’, y Pótamos, que quiere decir ‘río’. Así, Mesopotamia significa ‘Tierra entre ríos’. Las personas que vivieron allí hace miles de años eran conscientes de que la tierra no se podía cultivar solo con el aporte del agua de lluvia, que era bastante escasa, y por lo tanto insuficiente para que germinaran de forma adecuada las cosechas. Pero descubrieron que si podían controlar el agua de los ríos, esa misma tierra, regada adecuadamente, podía rendir unos frutos suficientes para alimentar a una considerable población. Decidieron pues organizarse, y trabajaron conjuntamente para construir una red de canales y acequias que permitiera llevar el agua de los ríos a puntos muy distantes. De esa forma, el agua regaba las semillas que se plantaban y estas germinaban de forma espectacular gracias a las elevadas temperaturas que posee la zona. Pero para construir la red de canales, embalses y presas era necesario que hubiera alguien que se encargara de coordinar todos los trabajos. Surgió así el poder, tanto en forma de reyes o gobernantes, que dictaban sus órdenes para el bien común, como de sacerdotes, que decían interpretar los designios de los dioses, que era quienes mandaban sobre los ríos y sobre las personas, y dictaminaban cuándo el río llevaría mucha o poca agua. Esa organización hizo de Mesopotamia un lugar particularmente rico y poblado. Las elevadas cosechas permitían alcanzar un alto nivel de producción en los alimentos, y de esta forma, se abastecía a cientos de miles de personas en un lugar en el que antes difícilmente podían vivir unos pocos de cientos. El siguiente paso fue crear una red de ciudades que favorecieran la vida de los agricultores que desarrollaban su labor en ese espacio. Pero para ello, para que surgiera una importante cultura urbana, era necesario que el pueblo que en ella vivía tuviera un cierto nivel de civilización. No es fácil que surjan grandes culturas urbanas de forma totalmente espontánea, y el caso de Mesopotamia no fue distinto al de otros lugares del mundo. Hacia el V milenio a. C., un pueblo de procedencia desconocida, al que conocemos con el nombre de sumerio, se asentó en Mesopotamia. Los sumerios traían ya un cierto nivel de civilización, y cuando llegaron a la ‘Tierra entre ríos’, la consideraron el lugar adecuado para desarrollar ahí su cultura y hacerse sedentarios. De esta forma se iniciaba una tradición que iba a continuar hasta hoy día. Mesopotamia se convertía en una de las pocas áreas del mundo en las que a lo largo de la Historia siempre han existido una o varias de las más grandes ciudades del planeta. Solo en un lugar en el que se puede abastecer una gran cantidad de población, debido a una floreciente agricultura, puede permitirse el hecho de que haya grandes urbes en las que se concentren cientos de miles de personas.

La primera de las grandes ciudades mesopotámicas fue Uruk, en el IV milenio a. C. Pero con el tiempo, aparecerían otras nuevas que la desbancarían y se acabarían convirtiendo en la ciudad más grande del mundo a partir de aquel momento. De todas ellas, la que alcanzó más importancia en esos tiempos primitivos de los sumerios fue Ur. Ur debió aparecer probablemente hacia mediados del V milenio a.C., como un pequeño poblado situado en las tierras bajas al sur de Mesopotamia. Sus restos se hallan a 24 kilómetros al sur de la actual ciudad de Nasiriya, en Irak. A lo largo del siguiente milenio, la aglomeración se desarrolló considerablemente. Se ha calculado que poco antes del año 3000 a. C., la ciudad podía albergar ya a un total de 10.000 personas, lo que resulta una cantidad considerable para aquel tiempo. Pero además se ha calculado que otras 40.000 podían vivir en las cercanías, trabajando en los campos y huertas de los alrededores para abastecer a la floreciente comunidad urbana. Sin embargo, poco o casi nada sabemos de esta primitiva ciudad. A lo largo de un período de tiempo que pudo durar varios siglos (quizás entre el año 3100 y el 2800 a. C.), Ur sufrió una serie de devastadoras inundaciones que pudieron llegar a alcanzar los nueve metros de altura en algunos de sus puntos. Estas inundaciones la acabaron destruyendo y sepultando bajo una espesa capa de cieno y de limo de varios metros de espesor. Cuando los arqueólogos trabajaron en las ruinas de la ciudad hace un siglo, se encontraron que debajo de los estratos más recientes aparecía una enorme acumulación de barro de más de tres metros de espesor que enterraba a otras estructuras aún más antiguas. Algunas personas han intentado ver en este hecho la plasmación real de la leyenda bíblica del Diluvio, y es posible que algo de verdad haya en esta afirmación. Solo una gran inundación (o probablemente una serie seguida de grandes inundaciones) pudo dejar tal cantidad de sedimentos sepultando a la mayor parte de las ciudades mesopotámicas. Las leyendas sobre el Diluvio no solo son sumerias, existen en casi todas las civilizaciones antiguas, pero en pocos casos es posible comprobarlas con tanta claridad como en el caso de Ur. Hacia el 2900 o 2800 a. C, Ur empezó a recuperarse de los efectos de la gran inundación. La vida urbana se reactivó, se consolidó una primera dinastía de reyes que empezaron a hacer grande a la ciudad. Para ello construyeron dos puertos en la desembocadura del río Éufrates, junto al mar, y de esa manera fomentaron el comercio con la urbe. Ur prosperaba porque, entre otras cuestiones, se encontraba junto al mar. Esto favorecía los intercambios comerciales, y la ciudad no solo se enriquecía porque estuviera rodeada de un suelo fértil, sino también porque podía vender y comprar productos en tierras muy lejanas. El mar le dio también la prosperidad, y no solo la posesión de una tierra muy fértil. En esta época (hacia el 2600-2400 a. C.), Ur debía de albergar considerables riquezas. La prueba de ello es que, cuando los arqueólogos excavaron muchos siglos después los cementerios de sus reyes, encontraron en ellos objetos sorprendentemente lujosos en los ajuares de sus tumbas. El llamado estandarte de Ur es un ejemplo de ellos, pero en general, los objetos hallados nos hablan de una sociedad rica y opulenta, al menos en lo que se refiere a las capas sociales más altas de la misma.


Gran zigurat de Ur

Durante casi mil años, Ur no dejó de crecer a pesar de las relativamente frecuentes guerras que azotaban periódicamente a Mesopotamia. Los acadios, habitantes de una ciudad cercana, ocuparon Ur durante varios siglos, pero cuando aquellos entraron en crisis, los habitantes de Ur se rebelaron contra sus opresores e iniciaron su propio camino, convirtiéndose en los líderes del pueblo sumerio. Esto llevó a Ur al apogeo de su poder a partir del año 2200 a. C. En un momento determinado de su historia, y durante un período superior a dos siglos, Ur fue probablemente la mayor ciudad del mundo, y quizás también la más rica, junto con otras como Kish, Uruk, Lagash o Nippur. En 2113 a. C., subió al poder un nuevo soberano de nombre Ur Nammu, y con él se inició lo que se conoce como III dinastía de Ur. Ur Nammu reinó durante veinte años y con él se produjeron importantes transformaciones en la urbe. En primer lugar, Ur Nammu se dedicó a proteger a la ciudad, y para ello ordenó que se levantase un terraplén defensivo de considerables dimensiones, cuyos muros estaban recubiertos de ladrillos cocidos. Durante su reinado también se construyó un enorme zigurat, una especie de torre escalonada con una base de más de sesenta metros, y una altura que superaba los cuarenta. Ur Nammu inició la edificación de un recinto sagrado en el que levantó una serie de templos a la diosa Inanna. Por último, ordenó la construcción de un nuevo palacio real que ofreciese un recinto digno de los reyes de la ciudad. Ur Nammu no solo destacó por su labor constructora, también fue un legislador muy importante, hasta el punto de que el primer código de leyes que conserva la humanidad es el que se compiló por orden suya. Su época también debió ser de florecimiento económico y cultural. Se conservan miles de tablillas de barro en las que los escribas redactaron numerosos textos sobre registros y transacciones comerciales en escritura cuneiforme, esto es, mediante pequeñas incisiones con un punzón en forma de cuña. Estas tablillas de barro, después de haber sido cocidas, se endurecen de tal modo que, cuatro mil años después de haber sido escritas, permiten a los arqueólogos revivir cómo debería ser la vida en una antigua ciudad mesopotámica. A Ur Nammu le sucedió un soberano también muy capaz que continuó embelleciendo y dándole cada vez más importancia a la ciudad, su hijo Shulgi. Durante casi medio siglo, Shulgi rigió los destinos de Ur, y fue probablemente en su reinado cuando la ciudad alcanzó la cumbre de su poder y esplendor. Su actividad constructora fue notable. En su época se erigieron nuevos santuarios a la diosa Inanna, los templos de Gipar y Nerigal, amplió el Erkhursag, el palacio que había iniciado Ur Nammu, y construyó también un mausoleo de carácter hipogeo, es decir, subterráneo, para cuan do mu riera. Al margen de la actividad constructiva, Shulgi dotó a la ciudad de un equipamiento que hasta entonces, que sepamos, no había tenido ninguna otra ciudad. Ordenó traer animales de diferentes partes y los mantuvo encerrados en un recinto para que sus súbditos pudieran observar las especies que allí se exhibían. Es el primer testimonio que poseemos de la existencia de un zoológico. Tras la muerte de Shulgi, los soberanos que le sucedieron mantuvieron todavía el esplendor de Ur durante varias décadas más. En este momento, hace unos 4.000 años, Ur era probablemente la ciudad más poblada del mundo. Hay cálculos que estiman una población de hasta 65.000 personas en el espacio construido en el interior de su recinto. Pero esos cálculos no contabilizan a la enorme población que vivía en los alrededores, decenas de miles de agricultores que trabajaban los fértiles campos que la rodeaban y que abastecían con sus productos a la población de Ur que vivía dentro de sus murallas. Su hinterland o área de influencia era tan grande que se ha estimado que cerca de un cuarto de millón de personas podía vivir en ella. Hasta aquel momento, ninguna ciudad en la Historia había alcanzado semejante nivel de población. Por aquel entonces, Ur era el mayor centro político, cultural, administrativo, religioso y económico que había en Mesopotamia, y quizás en el mundo. La civilización sumeria se hallaba en su apogeo. Los sumerios fueron grandes inventores, a ellos les debemos aportaciones como la escritura, la rueda, la astronomía, las matemáticas, la bóveda, las empresas comerciales, etc. Probablemente muchos de esos inventos tuvieron lugar en la propia Ur. El comercio marítimo propiciaba también los contactos con otras tierras, y sin duda, los mercaderes no solo traían productos, sino también nuevas ideas y conocimientos que los sumerios supieron aprovechar espléndidamente para el desarrollo de su cultura. El centro urbano de Ur poseía una gran densidad de población según demuestran los restos arqueológicos que han llegado a la actualidad. La población vivía hacinada entre los enormes muros que se estiman llegaron a alcanzar hasta 27 metros de altura. La falta de espacio en el interior debía ser sofocante. Las callejuelas eran sumamente estrechas e irregulares. Las manzanas de casas no seguían ningún plan preestablecido, sino que se distribuían anárquicamente en el interior del espacio amurallado. Las calles estaban sin pavimentar, solo la tierra batida servía de firme para que por ellas pasaran con dificultad los carros, los animales y las personas, pues eran de una anchura ínfima en muchos casos. En el exterior del recinto amurallado se encontraban los dos puertos artificiales junto al río Éufrates y junto a lo que entonces era el golfo Pérsico. Numerosos suburbios se extendían por la periferia urbana a lo largo de un radio de más de dos kilómetros en todas direcciones. En ellos vivían miles de personas dedicadas a la agricultura de regadío en los fértiles huertos y campos que rodeaban a la ciudad. Al sur del casco urbano se hallaba un importante barrio residencial. En él se encuentran los ejemplos más representativos de las viviendas de esta época. Casas muy estrechas e irregulares que se abrían a un patio central en el que se desarrollaba principalmente la vida familiar.


Hacia el año 2000 a. C., Ur estaba en su apogeo en todos los sentidos. ¿Qué pasó entonces para que en poco tiempo la ciudad y su modo de vida se vinieran abajo completamente? Desconocemos con seguridad los detalles que dieron pie a este proceso, pero quizás se expliquen por el hecho de que hacia 2006 a.C. se experimentaron de forma seguida una serie de malas cosechas que trajeron el hambre a su población. Esta se debilitó por la falta de alimentos, y la consecuencia de este hecho fue que el gobierno acabó cayendo en la anarquía. En ese contexto de crisis, aparecieron dos pueblos de las montañas que atacaron a Ur con el objetivo de apropiarse de sus riquezas. Los amorritas por el norte, y los elamitas por el sur, aprovecharon la situación de debilidad en que se encontraba para atacar casi conjuntamente, destruir sus murallas y penetrar en el interior de la urbe saqueándola. En solo tres años, la clase dominante sumeria perdió el poder, la ciudad se enfrentó a una serie de destrucciones y la crisis se acentuó todavía más. La consecuencia fue que, ante la nueva situación, miles de personas optaron por marcharse y buscar otras tierras que les ofrecieran mejor cobijo y seguridad. A partir del año 2000 a. C. los habitantes de Ur comenzaron a abandonarla y la ciudad dejó de ser la más poblada del mundo. En el contexto de esta emigración, que probablemente se prolongó durante varios siglos, hay que situar la marcha de Abraham, el gran patriarca hebreo fundador del judaísmo, que al parecer se encontraba entre las personas que, junto con su familia, abandonó en esta época la ciudad para buscar un lugar más favorable en la tierra de Canaán. El judaísmo, del que proceden el cristianismo y el islam, tuvo por tanto su origen remoto en la ciudad de Ur, pese a que Abraham desarrollara posteriormente la mayor parte de su vida en la tierra prometida de Israel.


Partida de Abraham de Ur de los Caldeos por William Brassey Hole, vía MeisterDrucke

Aunque Ur se despobló y perdió un considerable número de habitantes, la ciudad continuó existiendo y con el tiempo se recuperaría, pero ya nunca llegó a alcanzar el esplendor de antaño. Entre mediados del siglo XIX y mediados del XVIII a. C. se llevaron a cabo una serie de reconstrucciones. Entre ellas cabe destacar un nuevo muro de defensa y la erección tanto del Edublamakh, o sede del tribunal, y el Ekunmakh, en el que se situó la sede del tesoro de la ciudad. Esta había vuelto a recuperar ligeramente su actividad económica y durante un siglo parecía que volvería a convertirse en la que había sido anteriormente. Pero, por aquella época, apareció uno de los soberanos más poderosos del mundo antiguo. Se trataba de Hammurabi, el rey de Babilonia, que estaba construyendo un imperio poderoso. Ur creyó que poseía suficiente fuerza para enfrentarse a la pujante Babilonia, y a mediados del siglo XVIII, se rebeló contra ella. Fue una decisión temeraria, los babilonios la devastaron, y lo que fue peor, le arrebataron el poder que como centro comercial poseía hasta entonces, llevándose las rutas comerciales que procedían de Oriente a su ciudad. En ese momento, Ur debía ocupar unas 60 hectáreas, en las que todavía se hacinaban probablemente cerca de 20.000 habitantes, pero después del castigo que le infligieron los babilonios ya no volvió a recuperarse nunca con la grandeza de antaño. Su último destello importante tuvo lugar dos siglos después, cuando el rey casita de Babilonia, Kurigaltsu, dio orden de reconstruir el zigurat que se encontraba en ruinas, así como el resto de los templos. Durante dos siglos pareció que se detendría el proceso de ruina de Ur, pero no fue así. Hacia el 1300 a. C., debido a una serie de motivos de diversa índole (guerras, emigraciones y ataques de nuevos pueblos, malas cosechas, etc.), la población empezó de nuevo a abandonarla y sus templos y sepulcros volvieron a caer en la decadencia y a convertirse en ruinas. La ciudad quedó prácticamente deshabitada. En el siglo VI a.C., los reyes caldeos Nabucodonosor II y Nabónido se fijaron en ella con la intención de reconstruirla, pero ya entonces era una aldea prácticamente muerta y sin vida. El deseo de recuperar su antiguo brillo no se pudo llevar a cabo, aunque sí que se iniciaron obras en algunos de sus antiguos monumentos que aún permanecían como testigos de su pasada grandeza. Parecía como si la naturaleza no estuviera dispuesta a permitir que la vieja Ur volviera a resurgir, y hacia el año 400 a. C. tuvo lugar un suceso que supuso la puntilla definitiva para la ciudad. El río Éufrates experimentó un súbito cambio en su curso y se retiró de la ciudad, lo que unido a un proceso de constante sedimentación aluvial, provocó que la costa del golfo Pérsico se fuese alejando progresivamente. De esa forma, Ur dejó de tener acceso directo al mar. Sus puertos se colmataron y quedaron inservibles. La ciudad, carente de una salida al mar, no tenía la más mínima posibilidad de sobrevivir y desapareció para siempre. Más de dos milenios después, a mediados del siglo XIX, los arqueólogos europeos buscaron sus ruinas y finalmente la encontraron cerca de un asentamiento pobre y apartado llamado Tell el Muqayyat, que hoy día se encuentra nada menos que a 15 kilómetros del curso del Éufrates. A principios del siglo XX, el arqueólogo británico Leonard Woolley inició excavaciones sistemáticas en las ruinas y descubrió sus magníficas tumbas reales, con la mayor parte de sus ajuares intactos. A él se debe el que se identifique a la ciudad con la leyenda del Diluvio, ya que interpretó los metros de limo que cubren su parte más antigua como un sedimento provocado por la inundación que siguió a esta gran catástrofe. Ur será por tanto para la Historia la ciudad del Diluvio y la ciudad de Abraham que nos describe el Antiguo Testamento de la Biblia.


BIBLIOGRAFÍA:


Breve historia de las ciudades del mundo antiguo, de Ángel Luis Vera


«Ur». Mesopotamia: la invención de la ciudad. Leick, Gwendolyn (2002)


«La casa del hombre». Los mesopotámicos. Margueron, Jean-Claude (2002)