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La entrada triunfal de Alejandro Magno en Babilonia, la ciudad de ciudades



Un 22 de octubre Alejandro Magno entraba triunfante en la gran ciudad de Babilonia sin oposición y con toda su población rendida a los pies del nuevo rey del mundo. Los muros estaban indefensos. las cien puertas abiertas de par en par y bajados los puentes levadizos. Entró como rey de Babilonia, en un carro de estado chapado en oro, en medio de esplendores que los triunfos de los césares jamás superaron.


Después de la brillante victoria en Gaugamela, la siguiente etapa, sería un paseo para Alejandro. Inmediatamente después de la batalla, Darío marchó a través de las montañas de Armenia hacia la tierra de los medos. Le acompañaban en su huida la caballería bactriana. Huía el monarca persa a Media, porque pensaba que Alejandro tomaría el camino a Susa y Babilonia al finalizar la batalla; ya que la totalidad del país estaba habitado, y el camino no era difícil para el tránsito de caravanas con mucho equipaje. Además, Babilonia y Susa eran obviamente los botines más preciados de esta guerra. En cambio, la ruta que comunicaba con Media no era de ninguna manera fácil para la marcha de un gran ejército. No se equivocaba Darío en sus conjeturas, pues al partir Alejandro de Arbela, avanzó en línea recta hacia Babilonia.

Tal vez aún no había intuido cuando se acercó a los inmensos muros de ladrillo de Babilonia. Herodoto, que la había visitado un siglo antes, afirma que los muros rodeaban ciento cincuenta y cinco kilómetros cuadrados, en los que era posible obtener cosechas durante un asedio. Hasta las viejas fortificaciones de Nabucodonosor, que en ese momento formaban el círculo interior, eran inmensas. Los muros exteriores tenían cincuenta y cinco metros de espesor por ciento veinte de altura. Ciro había tomado la ciudad sin luchar, pero Alejandro debía conocer la versión más realista de Jenofonte. La masa de Babilonia era visible kilómetros antes, al otro lado del llano, lo que auguraba un asedio cuando menos tan colosal como el de Tiro. Cuando ya no estaban muy lejos de esa ciudad, llamó a su ejército a formar en orden de batalla y prosiguió hacia adelante. Ni siquiera tuvo necesidad de hacer un reconocimiento. En el camino, Alejandro se encontró con Mazaeus, sátrapa de Babilonia, que junto con los babilonios más distinguidos de la ciudad como sus sacerdotes y magistrados en primera fila, cada uno de los cuales llevaba obsequios de manera individual. Le ofrecieron rendirle formalmente su ciudad, la ciudadela y el tesoro que le ofreció la rendición incondicional de la ciudad. Hacía poco más de un siglo que Babilonia había hecho su último intento por liberarse de Persia y Jerjes la había aplastado severamente. Su población amante del lujo era desafecta o indiferente, los miembros de la guarnición estaban decepcionados con el rey persa. Cuando se le ofreció ese regalo sorprendente, como cabía esperar Alejandro sospechó que se trataba de una trampa y siguió avanzando en orden de batalla, a la cabeza de la vanguardia. Sin embargo los muros estaban indefensos, las cien puertas abiertas de par en par y bajados los puentes levadizos. Entró como rey de Babilonia, el 22 de octubre, en un carro chapado en oro, en medio de esplendores que los triunfos de los césares jamás superaron. La vía principal de la ciudad estaba salpicada de flores y perfumada con incienso. Encabezaban la procesión regalos raros y exóticos, corceles selectos y carros que portaban leones y leopardos enjaulados; asistieron magos y sacerdotes, los reales cantantes de alabanzas entonaron himnos y la caballería de Mazaeus desfiló. Como siempre ocurre con Alejandro, brillaba por su ausencia un adorno romano: el espectáculo de los cautivos humillados y encadenados.

Así Alejandro hizo una entrada triunfal en su nueva capital, con una lluvia de flores, y un ambiente cargado con el intenso aroma del incienso procedente de los altares colocados a ambos lados del desfile, sin que se produjera ni el más mínimo intento de resistencia. Después de ver los antiguos esplendores del legendario palacio de Nabucodonosor, Alejandro visitó el tesoro. No perdura la evaluación de sus inmensas riquezas. Repartió generosas gratificaciones entre sus hombres y los mercenarios obtuvieron dos meses de paga extra. Ahora podían permitirse los lujos de una ciudad sin igual en todo el mundo conocido. Babilonia marca el verdadero comienzo de la extravagante generosidad de Alejandro, que, a partir de ese momento, se prodigaría. El primer donativo fue una buena política y un trato justo, anunciando a los babilonios que no tenían nada que temer de él: «No entraré en vuestras casas [ni en vuestros templos]». Desde el trono concedió a Babilonia la misma categoría que había disfrutado antes de que Jerjes la aplastara e hiciera derribar el zigurat de Marduk.



Los sacerdotes del dios recibieron grandes cantidades de oro para reconstruir su santuario. Alejandro tomó así, posesión del Palacio y del Tesoro, e hizo un sacrificio formal al dios de la ciudad, Bel-Marduk, en su famoso zigurat, siguiendo detalladamente el protocolo prescrito por el sacerdocio local. Ordenó Alejandro la reconstrucción del Etemenanki, el templo de Marduk en lo alto del zigurat, la famosa torre de Babel de la tradición judeocristiana. Este gran zigurat estaba situado en el centro de la ciudad, que era de enormes dimensiones, que estaba construido de ladrillos amasados con asfalto y que Jerjes había arrasado todos los templos de Babilonia al volver de su expedición a Grecia. Según unos autores Alejandro pensó reconstruirlo y restituirlo a su ubicación primitiva y por tal motivo ordenó a los babilonios que retiraran los escombros. Otros piensan que el nuevo templo iba a ser de mayores dimensiones que el antiguo y construido totalmente en piedra, en vez de los típicos ladrillos de adobe cocido tan abundantes en la arquitectura mesopotámica. De todas maneras este y otros grandes proyectos que Alejandro reservaba para Babilonia quedaron inconclusos tras su prematura muerte.

Bibliografía:

Anábasis de Alejandro, de Flavio Arriano

Alejandro Magno, de Mary Renault

Alejandro Magno, conquistador del mundo, de Robin Lane Fox