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La fortaleza india que pudo ser la tumba de Alejandro Magno: la herida más grave del conquistador



La fase final de la campaña alejandrina en la India supondrá un esfuerzo colosal para unos hombres que han luchado a lo largo de toda Asia bajo la infernal luz del sol, bajo la lluvia, bajo la nieve y el frio. A ojos de los griegos la India representa una tierra llena de maravillas, pero también les una tierra que les llena de temor. Una tierra muy distinta de todo lo que ya han visto a lo largo de su campaña: pueblos extraños con costumbres y rituales incomprensibles para su mentalidad, dioses terroríficos, animales nunca antes visto, incluso una flora vegetal exuberante y exótica. Días y días de interminables lluvias tormentosas que oxidan sus armas. Pronto se dieron cuenta que no se harían realidad los desorbitados sueños de riquezas que se había hecho todos en su imaginación.


Los soldados de Alejandro se encuentran ya agotados después de tantos años de campaña en Asia y heridos por tantas batallas, está lloviendo torrencialmente y en ese momento se niegan a continuar con las continuas campañas de Alejandro, que tras unos días de enfado y meditación se verá obligado a aceptar la voluntad de sus hombres y a emprender el penoso camino de vuelta a casa. Alejandro ha llegado a su particular “fin del mundo”. Pero la única condición que Alejandro impone a sus hombres para regresar a casa es no hacerlo por el camino por el que llegaron a la India para no dar la impresión de que está huyendo de allí. Decide bajar por el curso del río Indo y sus afluentes hasta alcanzar el mar y volver a casa por la costa de Gedrosia y Carmania hasta alcanzar el golfo Pérsico. Para ello, manda construir una flota y desciende por el Hidaspes en busca del mar. En medio se interpone la ciudad de Multán, una fortaleza en manos de la tribu de los malios que se niega a rendirse y supone un impedimento para que la flota y el ejército de Alejandro alcancen la desembocadura del río. Impaciente por tomar la ciudad de los malios, ordena asediarla. El siguiente texto está extraído de la descripción que el historiador Flavio Arriano hizo de este episodio de la vida de Alejandro en su Anábasis de Alejandro, considerada ya desde la Antigüedad como la fuente más importante que se conserva de estos hechos, ya que narra aspectos y detalles de la vida y obra de Alejandro que no cubren o no se conservan en otras obras.


CAPTURA DE LA FORTALEZA MALIA


La escalera se rompe dejando solo a Alejandro en el sitio de la fortaleza malia. André Castaigne

Habiendo dividido el ejército en dos partes y puesto una de ellas bajo el mando de Pérdicas, él mismo se lanzó al asalto de las murallas al frente de la otra. Los indios no esperaron a la llegada de los macedonios, sino que abandonaron los muros de la ciudad y huyeron a la ciudadela. Alejandro y sus tropas echaron abajo una pequeña puerta, y entraron en la ciudad mucho antes que los demás, porque los hombres de Pérdicas se habían retrasado mucho, y estaban experimentando dificultades para escalar las murallas, ya que la mayoría de ellos no se habían traído sus escaleras, pensando que la ciudad había sido capturada al observar los muros desiertos de defensores. Sin embargo, hallaron que la ciudadela todavía estaba en poder del enemigo, y se podía ver claramente a muchos de ellos desplegados en ella, atentos a repeler los ataques. Algunos de los macedonios trataron de forzar la entrada socavando los muros, y otros escalándolos por dondequiera fuese posible hacerlo. A Alejandro le parecía que los hombres que llevaban las escaleras eran demasiado lentos, le arrebató una al soldado que la cargaba, la apoyó contra la pared, y comenzó a subir agazapado bajo su escudo. Tras él subió Peucestas, el que portaba el escudo sagrado que Alejandro sacó del templo de Atenea Ilíaca, que mantenía siempre con él y era llevado delante de él en todas sus batallas. Detrás de Peucestas, por la misma escalera subió Leonato, el escolta real, y por otra escala lo hizo Abreas, un soldado que recibía doble paga por servicios distinguidos. El rey estaba ahora cerca de las almenas de la muralla, apoyando su escudo en ella, empujó a algunos de los indios hacia dentro de la fortaleza, y acabó de despejar esta parte del muro matando a los demás con su espada. Los hipaspistas, cada vez más nerviosos por la seguridad del rey, se daban empellones unos a otros al subir por la misma escala, y la rompieron; aquellos que ya estaban montados en ella fueron a dar al suelo, haciendo la subida impracticable para el resto. De pie en la almena, Alejandro estaba siendo atacado desde las torres adyacentes, porque ninguno de los indios se atrevía a acercársele. También estaba recibiendo flechazos de parte de los hombres de la ciudadela, ubicados a corta distancia sobre un montículo de tierra acumulado enfrente del muro. Alejandro sobresalía tanto por el brillo de sus armas como por su extraordinaria muestra de audacia. Por ello se dio cuenta de que, si se quedaba dónde estaba, correría un grave peligro sin llegar a realizar nada digno de consideración; pero si saltaba dentro de la fortaleza, creía que tal vez con tal acto aterrorizaría a los indios, y si no lo lograba y sólo se metía en peor peligro, en todo caso su muerte no sería innoble al haber realizado valientes proezas dignas de ser recordadas por hombres de tiempos por venir. Resuelto a ello, se arrojó desde la almena dentro de la ciudadela, donde, apoyándose contra el muro, golpeó con su espada y mató a algunos indios que vinieron a trabarse en un cuerpo a cuerpo con él, incluyendo a su líder, que se abalanzó sobre él con excesiva osadía. A otro hombre que se acercó a él, lo mantuvo a raya con una pedrada, y de la misma manera a un tercero. A quienes se aventuraron más cerca de él, los repelió con la espada, de modo que los bárbaros perdieron la inclinación a acercarse a él, y se mantuvieron en torno a él, lanzándole desde todos lados cualquier proyectil que tenían a mano o podían conseguir al momento.


ALEJANDRO ES GRAVEMENTE HERIDO



Mientras tanto, Peucestas y Abreas, el soldado con derecho a una paga doble, y después de ellos Leonato, los únicos hombres que escalaron el muro antes de que las escalas se rompieran, habían saltado hacia abajo y peleaban delante del rey. Abreas, el soldado de la doble paga, cayó allí por un disparo de flecha que le acertó en la frente. El mismo Alejandro también fue herido debajo del pectoral por una flecha que horadó su coraza y se le clavó en el pecho, herida por la cual dice Ptolomeo que salía aire junto con la sangre. Sin embargo, a pesar de que iba debilitando por el agotamiento, no dejó de defenderse mientras su sangre todavía estuviera caliente. Pero como la sangre manaba copiosamente y sin cesar a cada movimiento de su respiración, el mareo se apoderó de él y se desvaneció, y al inclinarse cayó sobre su escudo. En cuanto hubo caído, Peucestas protegió su cuerpo sosteniendo por encima y delante de él el escudo sagrado traído de Troya, y por el otro costado lo protegió Leonato. Ambos hombres también fueron heridos, y Alejandro estaba ya a punto de perder el conocimiento por completo debido a la pérdida de sangre. Los macedonios estaban experimentado grandes dificultades en el asalto también esta vez, porque los que vieron a Alejandro recibiendo los proyectiles en la almena, y luego saltar dentro de la ciudadela, habían roto las escalas en su ardor derivado del temor a que su rey sufriera algún accidente por exponerse al peligro de manera temeraria. Unos y otros comenzaron a idear planes disímiles para escalar el muro como cada quien pudiera, abochornados como estaban; algunos fijaron sus estaquillas en el muro, que estaba hecho de adobe, y se izaron penosamente hacia las almenas, mientras que otros subieron montando unos sobre los hombros de otros. El primer hombre que llegó arriba, se tiró hacia adentro desde la muralla, y así lo hicieron todos sucesivamente, prorrumpiendo en lamentaciones y lanzando aullidos de dolor en cuanto vieron al rey tendido en el suelo. Se produjo una desesperada pugna alrededor de su cuerpo caído, delante del que los soldados macedonios interponían uno tras otro sus escudos. En el entretiempo, otros soldados hicieron saltar en pedazos la barra con que estaba atrancada la puerta ubicada en el espacio entre las torres, entrando en la ciudad unos pocos primero, y luego otros apoyaron sus hombros en la brecha abierta en la puerta y la tumbaron hacia adentro, forzando así la entrada en la ciudadela por aquel sector.


LA HERIDA DE ALEJANDRO


Por consiguiente, se desató una matanza de indios en que no se respetó siquiera a mujeres y niños. El rey fue retirado yaciendo sobre su escudo en condición débil, y no se podía predecir si conseguiría sobrevivir. Algunos autores han escrito que Critodemo, un médico de Cos y Asclepíada de linaje, hizo una incisión en la parte lesionada y arrancó la flecha de la herida. Otros autores dicen que, como no había ningún médico presente en este momento de crisis, el escolta real Pérdicas, por orden de Alejandro, le hizo una incisión con su espada en la parte herida y le sacó el proyectil. Al arrancarlo, se produjo una hemorragia tan abundante que Alejandro se desmayó de nuevo, y el efecto del desvanecimiento fue que el flujo de sangre se detuvo. Muchos otros detalles relativos a esta catástrofe han sido registrados por los historiadores, y habiendo recibido las declaraciones sobre los hechos tal como fueron dadas por los falsarios originales, aún las preserva hasta nuestros días, y no desistirá de traspasar tales falsedades a otros más en sucesión ininterrumpida, a menos que se le paren los pies con lo escrito en esta historia. Por ejemplo, el relato más difundido es que esta desgracia le ocurrió a Alejandro entre los oxidraces, y lo cierto es que sucedió entre los malios, una tribu india independiente; la ciudad pertenecía a los malios, y los hombres que le hirieron fueron igualmente los malios. Estas gentes en realidad habían decidido unir sus fuerzas con los oxidraces para llevar a cabo una valerosa y desesperada resistencia conjunta; pero él se les anticipó al marchar en contra de ellos a través de un territorio sin agua, antes de que alguna ayuda llegase a ellos desde los oxidraces, o viceversa. Otra historia bien conocida dice que la última batalla contra Darío ocurrió cerca de Arbela, batalla de la cual el persa huyó y no desistió de huir hasta que fue arrestado por Beso y se le dio muerte ante la llegada de Alejandro; igualmente, se dice que la batalla antes de ésta fue en Iso, y que la primera batalla de caballería ocurrió en el Gránico. La batalla de caballería ciertamente tuvo lugar en el Gránico, y la siguiente batalla contra Darío en verdad fue cerca de Iso; pero los autores que dan la mayor distancia dicen que Arbela estaba a seiscientos estadios de la llanura donde Alejandro y Darío combatieron por última vez, mientras que aquellos que dan la distancia menor dicen que se hallaba a quinientos estadios. Mas Ptolomeo y Aristóbulo afirman al unísono que la batalla se libró en Gaugamela, en las inmediaciones del río Bumodo, pero ya que ocurrió en las inmediaciones de Arbela, estando ésta en realidad tan distante del campo de batalla, entonces sería aceptable decir que el combate naval de Salamina se libró cerca del istmo de Corinto, y que la batalla de Artemisio, en Eubea, ocurrió cerca de Egina o Sunio. Por otra parte, en lo que respecta a los soldados que protegieron a Alejandro con sus escudos cuando corría peligro, todos coinciden en que Peucestas sí lo hizo, y disienten en lo que respecta a Leonato o Abreas, el soldado con derecho a doble paga por sus servicios distinguidos. Algunos escriben que Alejandro, después de haber recibido un golpe en la cabeza con un trozo de madera, se derrumbó presa del vértigo, y que al volverse a incorporar fue herido por una flecha que se clavó en su pecho perforando la coraza; empero Ptolomeo, hijo de Lago, dice que no recibió otra herida que ésa en el pecho. En mi opinión, el mayor error cometido por los que han escrito la historia de Alejandro es el que describo: hay algunos que han registrado que Ptolomeo, hijo de Lago, subió en compañía de Peucestas por la escala detrás de Alejandro, que fue Ptolomeo quien interpuso su escudo por encima de él cuando yacía herido, y que se llamaba Sóter por cuenta de esto. Y, no obstante, el propio Ptolomeo ha escrito que él ni siquiera estuvo presente en esta batalla, puesto que estaba peleando contra otros bárbaros al frente de otro ejército. Permitidme mencionar estos hechos a modo de digresión de la narración principal, porque contar la versión correcta de esos grandes hechos y calamidades no puede serles indiferente a los hombres del porvenir.


LA ANGUSTIA DE LOS SOLDADOS POR EL ESTADO DE ALEJANDRO


Mientras Alejandro permanecía en aquel lugar hasta que la herida se curara, las primeras noticias que llegaron al campamento desde el que había partido a atacar a los malios aseguraban que había muerto a causa de la herida. En un primer momento, empezó a oírse el sonido de lamentos entre el ejército entero a medida que el rumor pasaba de boca en boca. Cuando cesó el llanto, se hallaban abatidos en espíritu y se miraban perplejos entre sí, preguntándose cuál sería ahora el hombre que se convertiría en el líder del ejército, porque muchos de la oficialidad gozaban del mismo rango y tenían los mismos méritos, tanto en opinión de Alejandro como en la de los macedonios. Su estado de perplejidad se acrecentaba al pensar en cómo volverían sanos y salvos a su propia patria, rodeados como se hallaban por tantas naciones de fieros guerreros, algunas de las cuales todavía no habían conquistado y que, tal como conjeturaban, irían a luchar porfiadamente por su libertad; en tanto que otras sin duda se rebelarían al verse libres del temor a Alejandro. Se veían, pues, en ese momento en medio de ríos infranqueables, y todo les parecía incierto y carente de esperanzas ahora que estaban privados de la presencia de Alejandro. Por eso, cuando al fin llegó la noticia de que estaba vivo, difícilmente pudieron creerla, y seguían sin considerar que fuese probable que sobreviviera. Incluso cuando llegó una carta del rey, diciendo que se presentaría en el campamento dentro de un corto período de tiempo, no les pareció fidedigna a la mayoría de ellos debido a su desmesurado temor, y porque suponían que la carta había sido fraguada por los escoltas reales y los generales.


JÚBILO DE LAS TROPAS POR LA RECUPERACIÓN DE ALEJANDRO


El herido Alejandro navegando con su flota por el río Indo para calmar a sus tropas. André Castaigne

Cuando Alejandro conoció esto, temió que se produjeran disturbios en el ejército, y ordenó que se preparara una embarcación en la orilla del río Hidraotes, y que tan pronto pudiera soportarlo le llevaran a bordo para navegar al encuentro de sus tropas. El campamento macedonio se encontraba en la confluencia del Hidraotes y el Acesines, el mando del ejército de tierra lo ostentaba Hefestión, y Nearco mandaba sobre la flota. Al acercarse al que su persona quedara visible para todos. Sin embargo, los soldados seguían incrédulos, y pensaron que en realidad el cadáver de Alejandro estaba siendo transportado a bordo del navío, hasta que él extendió la mano para saludar a la multitud cuando el barco llegaba a la orilla. Entonces los hombres elevaron gritos de júbilo, levantando sus manos algunos hacia el cielo y otros hacia el propio rey. Muchos derramaron lágrimas involuntarias ante tan inesperada vista. Algunos de sus hipaspistas le acercaron una camilla cuando lo bajaban de la nave, pero él les pidió ir a buscar su caballo. Al volverlo a ver una vez más montando en su corcel, por todo el lugar resonaron los estruendosos aplausos del ejército, haciendo que ambas riberas del río y los bosques cercanos retumbaran con el sonido de muchas palmas al batir. Al acercarse a su tienda, el rey se apeó de su caballo para que pudieran verle caminando. Entonces sus hombres se le acercaron, unos por un lado, otros por el contrario, algunos a tocar sus manos, otros las rodillas o solamente sus ropas. Algunos más tan sólo obtenían una visión parcial de él, y se apartaban entonando loas para el rey, mientras que otros le arrojaban guirnaldas, o flores de las que en el país de la India crecen en esa estación del año. Nearco dice que unos cuantos de sus amigos le disgustaron por reprocharle que se expusiera al peligro en primera línea durante la batalla, lo cual, decían ellos, era el deber de un soldado raso y no el de un general. Me parece a mí que Alejandro se sintió ofendido por estos comentarios porque sabía que tenían razón, y que se merecía esas amonestaciones. Sin embargo, al igual que quienes son dominados por cualquier clase de placeres, él no tenía suficiente autocontrol para mantenerse al margen del peligro, debido a su impetuosidad en combate y su pasión por la gloria. Nearco también dice que cierto beocio de venerable edad, cuyo nombre no especifica, al ver que Alejandro ponía expresión ofendida ante las censuras de sus amigos y los miraba con hosquedad, se acercó a él, y, hablando en el dialecto beocio, dijo: «Oh Alejandro, es de grandes héroes realizar grandes hazañas», y recitó un verso yámbico cuyo sentido era que el hombre que lleva a cabo algo grande está destinado también a sufrir. Este beocio le agradaba a Alejandro ya por entonces, y posteriormente fue incluido entre sus allegados más íntimos.




Anábasis de Alejandro Magno, de Flavio Arriano. Libro VI, capítulos IX-XIII