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La fundación de Alejandría: la gran capital del saber humano que nació de un sueño de Alejandro


Alejandro Magno funda Alejandría. Pintura de Plácido Costanzi (1736-1737)

Tras su victoria sobre los persas en la batalla de Issos, Alejandro decidió entonces no seguir a Darío, que se batía en retirada hacia Mesopotamia, y se propuso conquistar Egipto. El conquistador macedonio, que tuvo que emplear todos sus medios militares para someter a las ciudades de Tiro y Gaza, penetraría en el país del Nilo sin resistencia y aclamado como libertador. La estancia de Alejandro en Egipto, en el invierno del 332-331 a.C., constituye, para muchos historiadores, el giro esencial de su reinado. Dicha importancia viene dada principalmente por dos hechos esenciales: la peregrinación al oasis de Siwa y la fundación de la primera de las Alejandrías. La satrapía de Egipto era un territorio con peculiaridades dentro de la organización persa. Conquistada en el primer cuarto del siglo VI a.C. por Cambises II, había sido la protagonista de varias sublevaciones desde aquel momento, a menudo con la ayuda de mercenarios griegos, por lo que no es de extrañar que Alejandro recibiera una acogida favorable a su llegada a esta tierra. Así pues, Alejandro llegó con su ejército a suelo egipcio sin incidentes y fue acogido en la fortaleza de Pelusio, en el extremo oriental del Delta del Nilo. Miles de nativos egipcios se congregaron en dicha ciudad y dieron una gran bienvenida a los macedonios, a cuyo líder aclamaron como un libertador. De allí, navegó río arriba hasta llegar a Menfis, la capital de Egipto, donde su último sátrapa persa se entregó a la voluntad del rey macedonio y entregó la ciudad con todo su tesoro. En Menfis se veneraba a Apis, un dios con la forma de un buey, y Alejandro incluyó a esta deidad en sus celebraciones de sacrificios y honores tras la buena recepción en la capital menfita.


Es cierto que el macedonio profesó siempre un gran respeto a los dioses y las prácticas religiosas de aquella nación, lo que sin duda le granjeó la confraternización con la clase religiosa egipcia. De igual manera, durante su estancia en la capital se cree que Alejandro fue coronado como faraón del Alto y Bajo Egipto en torno al 14 de noviembre del 332 a.C. Este hecho podemos comprobarlo gracias a que se nos han conservado algunas inscripciones jeroglíficas que mencionan los títulos político-religiosos que supuestamente recibiría en dicha coronación: “Horus, el fuerte príncipe”, “Rey del Alto Egipto y Rey del Bajo Egipto, amado de Amón y elegido por Ra” e “Hijo de Ra”; a los cuales fue añadido el de “Alexandros”. No es menos cierto que, aunque los títulos le fueron dados en las inscripciones egipcias, no tenemos pruebas sólidas de que se hiciera una ceremonia oficial de investidura como faraón al más puro estilo egipcio. Para A. B. Bosworth:


Lo más probable es que Alejandro asumiera el trono como un derecho propio y prescindiera del ceremonial nativo. Permaneció poco tiempo en la capital y no tuvo tiempo para adquirir otra cosa que un conocimiento superficial sobre las instituciones locales.


Tras esta breve pero intensa estancia en Menfis, Alejandro navegó Nilo abajo por la rama occidental del Delta hasta Canopo. Allí se detuvo para investigar las orillas del lago Mareotis, impresionado por las posibilidades que ese terreno elevado situado en el estrecho istmo entre el lago y el mar poseía y que albergaba por aquel entonces el puesto militar del puerto de Racotis. Este sería el emplazamiento ideal para la primera gran fundación del rey, Alejandría de Egipto. En un primer momento, Alejandro se limitó a elegir el lugar donde se iba a edificar su futura ciudad pero, todo hace indicar, que aplazó la inauguración formal del emplazamiento y el trazado de sus líneas hasta el regreso de su visita al oasis de Siwa.


Una vez señalado el lugar sobre el cual se iba a alzar su nueva fundación, Alejandro avanzó hacia el oeste, hacia la ciudad de Paretonio (Mersah Matrūh), a unos 290 km del lago Mareotis, para continuar luego hacia el pueblo de Apis, donde giró en dirección sur hacia el desierto. Los 260 kilómetros que separaban Apis de Siwa, fueron recorridos sin serios contratiempos y, una vez allí, Alejandro visitó y consultó al oráculo en el santuario central de Agurmi. Además, como sucesor de los faraones que era, le fue permitida la entrada directamente en el santuario interior, donde consultó al dios en privado. Las informaciones acerca de lo que allí sucedió son del todo prolíficas, pero entre todas ellas, lo que sí que podemos afirmar es que Alejandro salió del santuario reconocido por su sacerdote como el hijo del dios Amón. Es por ello que esta consulta del oráculo fue de una tremenda importancia para el rey y su campaña ya que por vez primera se le llamaba hijo de Zeus, dios, asimilado a Amón, hecho que le legitimaba como faraón de Egipto y, lo que quizá es más importante, le confirmaba en la idea de un Imperio Universal. No obstante, este tema de la deificación de Alejandro Magno es susceptible de ser interpretado desde diversas perspectivas. Por un lado, puede verse como una maniobra política de quien quiere justificar y fortalecer, por medio de vínculos divinos, su política internacional, afianzando así sus insaciables ambiciones de conquista. En segundo lugar, se puede detectar en Alejandro una cierta sensibilidad por el fenómeno religioso conexo con el ritual de la divinización del soberano. En definitiva, este es un asunto complejo en el que se entremezclan lo político y lo religioso, ya que Alejandro recibió los títulos de autokrátor, rey, y dios, pero no por igual ni en todos los territorios del imperio. De esta forma fue Dios, faraón y autokrátor en Egipto; autokrátor (pero no dios) en Irán, donde el zoroastrismo impedía la divinización de un hombre; mientras que en Macedonia no podía ser ni dios ni autokrátor, sino únicamente un rey con poderes limitados por una constitución.


Tras su visita a Siwa, el pequeño séquito real volvió por donde había venido hasta la desembocadura del río en Canope donde, ahora sí, tuvieron lugar los ritos de fundación de la nueva ciudad que llevaría el nombre de Alejandría. El momento en el que Alejandro decide erigir una nueva ciudad que llevará su nombre en las cercanías del lago Mareotis es recogido por todos los historiadores antiguos que hablan sobre la campaña y, en mayor o menor consideración, la mayoría prestan una singular atención a los ritos y actuaciones que tuvieron lugar a la hora de oficializar la fundación de esta nueva urbe. Algunos de los relatos acerca de este hecho, cuentan con una serie de elementos anecdóticos, basados en premoniciones y supuestos sueños de Alejandro, que según estas fuentes antiguas, marcarían la elección del lugar en el que iba a ser levantada esta nueva urbe y predecirían su próspero futuro. Si empezamos por Flavio Arriano, este nos narra el momento en el que Alejandro toma la decisión de elegir la zona del lago Mareotis como el lugar más idóneo para su nueva ciudad:


Llegado al Canopo, bordeó el lago llamado Mareotis, y desembarcó donde ahora se encuentra la ciudad de Alejandría, así llamada por el nombre del propio Alejandro. Le pareció, en efecto, aquel lugar muy idóneo para fundar una ciudad que con el tiempo habría de ser próspera en sumo grado. Sintió por la nueva fundación un gran interés, fijando él mismo los límites de la ciudad, el lugar donde había de alzarse el mercado, el perímetro de los muros y el número de templos y de dioses que en ellos se venerarían, incluyendo no sólo a los griegos, sino también al egipcio Isis. Ofreció sacrificios a este fin y las víctimas le resultaron propicias.


A propósito, se cuenta una anécdota, que a mi parecer no es del todo increíble. Quiso el propio Alejandro señalar a los albañiles los límites de por dónde habían de alzarse las obras de fortificación, pero no tenía con qué marcar la señal sobre la tierra. A uno de los maestros de obra se le ocurrió hacerlo con la harina que los soldados transportaban en unos barriles, y dibujó con ella el contorno circular de la fortificación de la ciudad, precisamente por donde el rey había indicado que se hiciera. Reflexionando sobre esto los adivinos, especialmente Aristandro, el telmisio, que ya en muchas ocasiones anteriores había interpretado a Alejando con exactitud muchos otros augurios, vaticinaron que la nueva ciudad sería próspera por muchas razones, y en especial por su fertilidad en frutos de la tierra.


El historiador romano Plutarco también nos narra ampliamente en su Vida de Alejandro el acto de fundación de Alejandría:


En efecto, cuentan que una vez conquistado Egipto, quiso fundar Alejandro una ciudad que fuera grande y populosa, y denominarla según su propio nombre; y cuando ya tenía casi medido y acotado el emplazamiento de acuerdo con el consejo de los arquitectos tuvo durante la noche un sueño maravilloso; le pareció que un anciano de canosa cabellera, de aspecto muy venerable, colocándose a su lado, le recitaba los siguientes versos:


“Una isla hay allí que rodean las olas sin cuento: Faro lleva por nombre y está frente a Egipto.”


Levántose muy temprano al día siguiente y se puso en camino hacia Faro, que por aquél entonces era aún una isla, algo más arriba de la desembocadura Canópica, aunque ahora está unida al continente por una calzada. Al contemplar, pues, lugar tan ventajoso y favorecido por la naturaleza (ya que se trata de una lengua de tierra regular y llana, semejante a un istmo, que separa de una parte un gran lago y de otra el mar, que remata en un gran puerto) exclamó como Homero, que en lo demás había sido admirable, fue también el más sabio arquitecto. A continuación ordenó diseñar el plano de la ciudad ajustándose a las características del terreno. Al no haber tierra caliza, tomaron cebada y trazaron sobre la tierra negra un área semicircular, de cuya base interior partían unos radios que dividían uniformemente el arco, formando así la figura de un clámide; el rey estaba muy ufano del diseño, cuando de improviso aparecieron unas aves que procedían del río y de una laguna, incontables en número, y de especies y tamaños muy diversos, que descendiendo, parecidas a las nubes, sobre el lugar, no dejaron un solo grano de cebada, ante cuyo espectáculo Alejandro quedó consternado. No obstante los adivinos le recomendaron que tuviera confianza, pues la futura ciudad no sólo iba a disponer de abundantes recursos por sí misma, sino que iba a ser además nodriza de gentes venidas de otras partes. A continuación ordenó a los encargados que comenzaran las obras, mientras él emprendía la marcha hacia el santuario de Amón.


Con estos dos testimonios nos podemos hacer ya una idea de cómo fue aquel momento en el que Alejandro decidió cual iba a ser el lugar sobre el que se alzaría su nueva ciudad. A pesar de que, tanto Arriano como Plutarco sitúen la fecha de su fundación en el invierno del 332-331 a.C., con anterioridad al viaje al oráculo de Siwa, todo parece indicar que la inauguración formal del emplazamiento tendría lugar con posterioridad a este episodio, sobre el 7 de abril del año 331 a.C. Todo parece indicar que fue Alejandro quien, personalmente (movido por su famoso photos), eligió el lugar del emplazamiento de la futura Alejandría, una ciudad llamada a convertirse en la mayor de las ciudades conocidas como Alejandrías y que llegaría a constituir uno de los centros de más relevancia en lo relativo a la difusión de la cultura helena de todo Oriente Próximo y, con el paso del tiempo, también del mundo romano. Sin duda, esta prosperidad de la que gozó durante muchos siglos dicha ciudad vendría predestinada, de manera totalmente consciente, por las anécdotas halladas en las fuentes antiguas grecolatinas relacionadas con el momento del trazado del perímetro de las murallas con harina y el posterior banquete que con ella se dieron las aves que allí se encontraban.


Alejandro trazando la ciudad de Alejandría por Andre Castaigne (1898-1899)

El lugar escogido para tal obra de ingeniería urbanística fue, como bien se dice en los textos de los historiadores antiguos, la zona comprendida entre el lago Mareotis y el mar Mediterráneo. Como sucederá más adelante con otras Alejandrías, la de Egipto se alzó en torno al emplazamiento de un fuerte utilizado por los persas en Racotis, lugar que había sido una estratégica estación portuaria desde hacía siglos y en el que en aquel momento sólo habitaban una pequeña colonia de pescadores. Las razones que se hallarían detrás de su fundación demuestran para muchos, una vez más, el espíritu pragmático que presidía en todo momento los designios de Alejandro. Debido a su posición estratégica, Alejandría de Egipto se alzó en el delta del Nilo como una ciudad muy bien fortificada y con una inequívoca vocación marítima, ocupando de este modo un importante lugar ya que comunicaba el valle del Nilo con las importantes rutas comerciales marítimas que por aquel entonces discurrían a lo largo y ancho del Mediterráneo. De todas formas, es preferible observar el resto de testimonios que los historiadores de Alejandro nos dejaron sobre este momento, antes de entrar a valorar más cosas sobre dicha fundación y sus motivos.

Los pasajes en los que Quinto Curcio Rufo nos narra la creación de la Alejandría en el Nilo son estos que expongo a continuación:


Alejandro llegó, a su vuelta del templo de Amón, a la laguna Mareotis, situada no lejos de la isla de Faros, al contemplar la naturaleza del lugar, decidió en un principio fundar una ciudad en la misma isla. Después, al comprobar que la isla no ofrecía capacidad para una ciudad de gran extensión, eligió para el emplazamiento de la misma el lugar en el que ahora se levanta Alejandría (llamada así por el nombre de su fundador). Abarcando todo el terreno que se extiende entre el lago y el mar, destinó para las murallas un perímetro de 80 estadios y, tras dejar allí a los encargados de edificar la ciudad se dirigió a Menfis.


Los habitantes de las ciudades vecinas recibieron orden de emigrar a Alejandría y así la nueva ciudad alcanzó una gran población. Se cuenta que, al señalar con la polenta el circuito sobre el que se habían de levantar las murallas, como acostumbran hacerlo los macedonios, una bandada de pájaros acudieron volando y comieron la polenta; como la mayor parte interpretaron como fatídico aquel presagio, se dice que los adivinos respondieron que una gran muchedumbre de extranjeros vendría a habitar aquella ciudad y que ésta ofrecería alimento a muchos países.


Diodoro es quizá el autor que más información nos aporta sobre este episodio y, además, nos regala algunos datos concretos relativos a dicha ciudad. Su relato es el siguiente:


Decidió fundar una gran ciudad en Egipto, y dio órdenes a los que dejó atrás en esta tarea de que construyeran la ciudad en medio del lago y del mar. Tras medir el lugar y dividir los barrios con talento llamó a la ciudad por él mismo Alejandría, situada de manera muy conveniente cerca del puerto de Faro; al hacer con habilidad la división de los barrios, la ciudad respira con los vientos etesios y como éstos soplan a través de una gran extensión de mar, y refrescan el aire de la ciudad, logró para sus habitantes una buena temperatura y salud. También trazó su muralla que destacaba por su tamaño y era admirable por su fortaleza, pues al estar en medio del gran lago y del mar, tiene sólo dos accesos estrechos y muy fáciles de vigilar. Al hacer su forma parecida a una clámide, tiene una calle ancha casi en su mitad que corta la ciudad y es admirable por su tamaño y belleza. Extendida de puerta a puerta tiene una longitud de cuarenta estadios, y una anchura de un pletro, y está adornada toda ella con lujosos edificios de viviendas y de templos. Ordenó también Alejandro construir un palacio magnífico por su tamaño y la solidez de sus obras. Y no sólo Alejandro, sino los que después de él gobernaron Egipto hasta nuestros días, casi todos ampliaron el palacio con lujosas edificaciones. Y, en resumen, la ciudad tomó tal crecimiento en los últimos tiempos, que muchos reconocen que es la primera ciudad en el mundo civilizado; por su belleza, tamaño y cantidad de ganancias y de objetos relacionados con el lujo destaca mucho sobre las demás. El número de sus habitantes supera al de las demás ciudades, pues en el tiempo en que nos encontramos en Egipto, dijeron los que tienen los censos de habitantes que los ciudadanos libres que en ella vivían eran más de trescientos mil, y que el rey recibía de los ingresos de Egipto más de seis mil talentos. El rey Alejandro puso a algunos de sus amigos al frente de la construcción de Alejandría, y tras organizar todo lo de Egipto se marchó con su ejército a Siria.


Cabe mencionar también a Justino quien, a pesar de ser el historiador que menos información nos da acerca de tal fundación, sí que narra en sus historias el momento en el que Alejandro decide construir esta nueva ciudad aunque, sin duda, dicho testimonio no aporta nada nuevo ni relevante a lo que ya sabemos por otros autores:


Al volver del templo de Amón, fundó Alejandría y ordenó que esta colonia de los macedonios fuera la capital de Egipto.


Expuestos ya todos los pasajes sobre la fundación de Alejandría, vemos que casi todos coinciden en señalar la importancia estratégica de lugar elegido para dicha urbe, lo que sin duda influyó en su agraciado porvenir. No obstante, es preciso hacer caso a la opinión de Lane Fox para quien “aparte de la fama y del deseo de que la ciudad prosperase, los motivos para fundar Alejandría sólo son conjeturas”. Para este historiador, el principal punto de relativa importancia de este lugar tenía que ver con razones económicas, ya que los griegos habían mantenido durante mucho tiempo una base comercial de relevancia en Naucratis, en el delta del Nilo, aunque en el momento de la fundación, el Egeo era un mar infestado de piratas y el comercio mediterráneo no constituía un valor seguro de prosperidad inmediata para una ciudad de ese tipo. Sin embargo, para otros autores, la importancia de tal asentamiento redundaría, en un primer momento, en asegurar la defensa del Delta contra un eventual ataque por mar que pudiera poner en jaque a la retaguardia macedonia. Desde el inicio, la ciudad ocupó todo el terreno que se hallaba entre el mar y el lago Mareotis, haciendo de ese territorio un bastión de importancia militar considerable.

Aún con todo, parece evidente, y más conociendo el desarrollo y la fama posterior que alcanzó tal ciudad, que Alejandría se hallaba inmejorablemente situada para ejercer un próspero comercio marítimo, puesto que poseía dos puertos resguardados de manera natural además de estar conectada con el Nilo mediante canales. Esto hacía que el comercio de exportación, sobre todo de cereales (aunque había otros muchos productos como papiros, hierbas medicinales, especias, perfumes, etc.), fuese un importante factor económico de la región. En definitiva, dicho establecimiento sería un lugar ideal para atraer a comerciantes y colonos de todo el Mediterráneo y, particularmente, del mundo griego, creándose así una red internacional de intercambios entre Egipto y el resto de poblaciones del ámbito mediterráneo.


Volviendo ahora a las descripciones que hacen los antiguos del rito oficial de delineación del perímetro que iba a poseer la ciudad, es curioso que tanto Arriano como Plutarco y Curcio Rufo mencionan el episodio del trazo del perímetro de la ciudad con la harina (o cereal) que llevaban los soldados como ración de campaña en su equipo. Además, gracias a Curcio Rufo, podemos saber que el hacer este rito con harina de trigo era una costumbre macedonia que tenía siempre lugar al hacer una ciudad de nueva planta. Con respecto a las dimensiones de que se dotó a esta nueva ciudad, todo parece indicar que el área incluida dentro de las murallas era muy grande, según nos cuenta Curcio Rufo, el perímetro amurallado de la ciudad tendría un total de 80 estadios, que equivaldrían a unos 14,8 kilómetros. Además, Arriano, Plutarco y Diodoro coinciden en que Alejandro se adaptó a las condiciones del terreno y dio a la ciudad una forma semicircular, parecida a un clámide, de cuyo centro partirían los radios que dividirían los barrios y las zonas principales de la urbe. También se nos dice que dicha muralla era de proporciones admirables y de una fortaleza considerable lo que hacía de Alejandría un lugar bastante bien fortificado, debido a que únicamente habría dos accesos estrechos en sus murallas, ambos fáciles de vigilar y resguardar. Otro dato interesante es el aportado por Diodoro, quien nos dice que la ciudad estaba dividida, más o menos a la mitad, por una calle principal de unos 40 estadios (7,4 kilómetros) de largo y una anchura de 30 metros, la cual estaría ampliamente adornada con lujosas construcciones, entre ellas algunos palacios. Ciertamente, el hecho de que se optará por un trazado reticular, con muchas calles que desembocarían en el mar y con un área de tales dimensiones, resulta bastante probable ya que Alejandro no había mandado construir una pequeña ciudad de tipo colonial o del estatus de una acrópolis, sino que más bien se trataba de una gran ciudad macedonia, al estilo de Dío, Pela o Anfípolis.


En lo referente a la adecuación del lugar en el que se alzó Alejandría, Diodoro también nos dice que el clima de allí era tremendamente propicio. Esta peculiaridad era debida a que la ciudad estaba protegida por la isla de Faros y por una posición elevada en la costa que, en los meses de verano, se beneficiaba de la brisa que soplaba del noroeste. Por último, otro aspecto reseñable en las fuentes antiguas tiene que ver con la premonición de que aquella ciudad sería el punto de llegada de numerosos extranjeros y abarcaría una población propia de un gran centro neurálgico. Curcio Rufo nos comenta que fue dada la orden a los vecinos de las poblaciones vecinas de que emigraran a la nueva ciudad construida por Alejandro y que así logró tener una gran población. En general, el conjunto de los habitantes de la urbe estaba formado por veteranos macedonios, griegos, prisioneros y, seguramente, por un pequeño contingente de judíos.


Todos estos fueron los que recibieron el estatus de “ciudadanos”, mientras que los nativos egipcios a los que se atrajo a la ciudad fueron incluidos, en su mayoría, como ciudadanos de estatus inferior. Aunque es posible que algunos egipcios o extranjeros hubiesen accedido a los grados de la ciudadanía reservados para los helenos, los nativos egipcios que fueron conducidos a la ciudad se hallaban en su gran mayoría sin privilegios desde el punto de vista de la ciudadanía. Practicaban sus propias religiones y actuaban de acuerdo a sus costumbres de origen. Además, en la ciudad se hallaba presente una clase servil, como era típico en las ciudades griegas de aquella época y en buena parte del Próximo Oriente. En cuanto a las leyes y estatutos por los que se regía la Alejandría de Egipto, están muy lejos de conocerse con seguridad pero es probable que existiese una asamblea y un consejo ya desde un principio, aunque los requisitos exigidos a sus miembros no aparecen mencionados en ningún documento ni lugar.


Esta información es, básicamente, la que nos ofrecen las fuentes antiguas sobre la fundación y características de la Alejandría fundada por Alejandro Magno en Egipto, y no es para nada escasa si la comparamos con el resto de testimonios, la mayoría muy escuetos, que estos mismo autores nos han dado sobre el resto de ciudades engendradas por orden directa del monarca macedonio.


Alejandro jamás volvería a ver esta ciudad y tan solo regresaría a ella años después de muerto cuando estuvo acabada su tumba monumental. Esta Alejandría que nació de un sueño de Alejandro pronto se convertiría en un referente del mundo antiguo. Por una parte se transformaría en un poderoso centro comercial, ya que constituía un importantísimo puerto. Pero a su vez, también se transformó en un significativo centro cultural. ¿Por qué? Porque los sucesores de Alejandro supieron continuar con el legado civilizador del conquistador.



“Cuentan y cuentan de esta noche triste. Y contarán y contarán en el futuro. Por ello sé que ya no cabe originalidad en mis lamentos. Todas las muertes fueron ya cantadas, todos los sueños han sido ya soñados. Y de un sueño legendario fue a nacer el soberbio esplendor de Alejandría. Recuerda hoy, en la funesta noche del fracaso, lo que fue la aurora del triunfo. ¡Alejandría! Ninguna ciudad tuvo un origen tan glorioso como el tuyo. Ni Troya, ni Cartago, ni Roma, ni Afrodisia, ni cuantas dieron a los siglos gloria y fama. Ninguna como tú, ciudad divina. Porque naciste de un sueño de Alejandro.”


Terenci Moix (El sueño de Alejandría)