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La Inscripción de Behistún: la "Piedra Rosetta" del alfabeto Cuneiforme

La gran mayoría conocemos la Piedra Rosetta, una antigua estela egipcia en la que se grabó un decreto del faraón Ptolomeo V en el 196 a.C. Su gran importancia radicaba en que el mismo texto del decreto, sin apenas diferencias, se plasmó en tres lenguas distintas; griego antiguo, demótico (el idioma egipcio de ese momento) y en jeroglíficos. A partir del conocimiento y la traducción del texto en griego se pudieron por fin entender los jeroglíficos y mejorar la comprensión del demótico. Por ello, el propio término “Piedra de Rosetta” es hoy en día usado en otros contextos para nombrar a los descubrimientos clave de un campo del conocimiento. La Inscripción de Behistún sería el equivalente de la Piedra Rosetta en el ámbito iranio. Se trata de una gran inscripción monumental, situada en un acantilado a 100 metros de altura, al lado de un antiguo camino que unía las capitales de Mesopotamia y Media (Babilonia y Ecbatana), realizada durante el reinado de Darío I de Persia (522-486 a.C.). Logró perdurar en el tiempo en gran medida por su inaccesibilidad, ya que tras ser grabada la inscripción se retiraron las laderas que permitieron a los artesanos persas realizarla. El texto de la inscripción se encuentra en tres idiomas, persa antiguo (indoeuropeo), elamita (elamo-drávida) y babilónico (semita). En el mismo, se relata el ascenso al trono de Darío I, incluido el derrocamiento de Gaumata, un mago que según la inscripción se hizo pasar por Esmerdis, el segundo hijo de Ciro el Grande, para poder así reinar. El texto en persa antiguo contiene 414 líneas en cinco columnas; el texto elamita incluye 593 líneas en ocho columnas y el babilonio tiene sólo 112 líneas. La inscripción fue ilustrada con un bajorrelieve de la vida de Darío, dos sirvientes y diez figuras de un metro de altura, que representan los diferentes pueblos conquistados; el dios Ahura Mazda, representado como Faravahar, se muestra flotando sobre el conjunto de figuras mientras bendice al rey. Una figura parece haber sido agregada después de que las otras estuvieran acabadas, al igual que la barba de Darío, que es un bloque de piedra separado unido a la figura con pernos de hierro y plomo, un hecho realmente excepcional.



La primera referencia histórica de que se tiene noticia sobre la inscripción es a través del autor griego Ctesias de Cnido, quien conoció su existencia sobre el 400 a. C. Tácito asimismo la menciona e incluye una descripción de algunos de los antiguos monumentos auxiliares en la base del acantilado, donde había un manantial. Lo que se ha podido recuperar de ellos es coherente con la descripción de Tácito. Diodoro de Sicilia también escribe sobre el "Bagistanon" y sostiene que fue inscrito por la reina Semíramis de Babilonia, un personaje semi-legendario creado por los griegos y que probablemente esté inspirado en una o varias reinas asirias. Tras la caída del Imperio Persa y los reinos herederos (el imperio macedonio, el imperio seleucida, el imperio parto y el imperio sasánida), y después de que la escritura cuneiforme cayera en desuso, la naturaleza de la inscripción fue olvidada, y se le atribuyó un origen cuando menos fantasioso o mítico. Durante siglos, en vez de ser atribuida a Darío (uno de los primeros reyes persas), se creyó que procedía del reino de Cosroes II de la Persia sasánida (uno de los últimos). Una leyenda narraba que había sido creada por Farhad, amante de la esposa de Cosroes, Shirin. Exiliado por su transgresión, se encomendó a Farhad la tarea de horadar la montaña para encontrar agua; si tenía éxito, le darían autorización para casarse con Shirin. Tras muchos años y ya con media montaña suprimida, Farhad encontró agua, pero Cosroes le informó que Shirin había muerto. Se volvió loco, y se lanzó desde lo alto del acantilado. Pero realmente, Shirin no había muerto, y se ahorcó al enterarse de la noticia.


La inscripción fue conocida por los europeos desde 1598, cuando Robert Shirley la vio y dio noticias sobre ella tras una misión diplomática en Persia en nombre de Austria, que la inscripción atrajo por primera vez la atención de los eruditos de Europa Occidental, quienes llegaron a la conclusión de que era un relato de la ascensión de Jesús. Las interpretaciones bíblicas erróneas por parte de los europeos fueron abundantes en los dos siglos siguientes, incluyendo teorías tales como que se trataba de Cristo y sus apóstoles, las tribus de Israel o Salmanasar I de Asiria. Pero no fue estudiada seriamente hasta casi dos siglos y medio después. En 1835 un oficial del ejército británico destinado en Persia, Sir Henry Rawlinson, consigue acceder hasta parte de ella y copiarla para su estudio. Tras años de investigaciones se consiguió descifrar tres de los lenguajes primarios de Mesopotamia y tres variaciones de la escritura cuneiforme, permitiendo acceder a una ingente cantidad de información nueva sobre esta región y su Historia.

Se cree que Darío quiso situar la inscripción en un lugar inaccesible para mantenerla a salvo de modificaciones. Su legibilidad jugó un papel secundario, pues el texto es completamente ilegible desde el nivel del suelo. Por desgracia y pese a la relevancia de la Inscripción de Behistún, fue duramente maltratada los años siguientes, llegando a ser utilizada como diana para prácticas de tiro por los soldados británicos durante la Segunda Guerra Mundial, destrozando por ejemplo el rostro de Ahura Mazda.

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