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La pira funeraria de Hefestión: el funeral más espectacular de la historia


La pira de Hefestión, por Franz Jaffe (1900)

Hefestión fue un noble macedonio, general, guardaespaldas y el amigo más cercano, y posiblemente también el amante de Alejandro Magno. Fue calificado posteriormente como "el más querido de todos los compañeros de Alejandro". La prueba principal de su estrecha relación es la desmesurada reacción del rey a la noticia de la muerte de su amigo, sobrevenida al parecer tras los excesos con la bebida y la total desatención de los consejos médicos cuando se hallaba aquejado de una enfermedad.


A finales del otoño de 324, Hefestión enfermó en Ecbatana (actual Hamadan, Irán) al mismo tiempo (en octubre) que se celebraba unas fiestas y concursos en honor al dios Dioniso. Alejandro se hallaba presenciando una carrera en el estadio de Ecbatana cuando recibió la noticia de la enfermedad de Hefestión. Aunque acudió a visitarle de inmediato ya no llegó a tiempo de encontrarlo con vida. Todos los testimonios destacan de manera unánime la inmensidad de su dolor. Había incluso quienes afirmaban que hizo demoler el templo del dios de la salud, Asclepio, como venganza por no haber querido salvar a su amigo. Otros, en fin, decían que ordenó hacer en su honor solemnes sacrificios como si se tratara de un héroe, y que envió una legación a consultar al dios Amón si debían rendírsele honores como si se tratara de una divinidad.


Busto de Alejandro, izquierda, y de Hefestión, derecha

Lo cierto es que Alejandro tardó tiempo en recuperarse del golpe sufrido. Durante tres días permaneció apartado del resto de las tropas sin probar alimento y en un completo descuido de su apariencia personal, proclamó luto oficial por todos los dominios de su imperio y ordenó la construcción de una inmensa pira funeraria en Babilonia que relata de manera magistral la novelista Mary Renault en el siguiente texto:


"Los grandes planes quedaron relegados cuando Dinócrates -el arquitecto encargado de diseñar la pira de Hefestión- despidió a su enjambre de obreros y anunció que estaba terminada. Todo estaba listo para lo que sigue siendo el funeral más espectacular que la historia conoce. El de Alejandro no es la excepción a la regla; su cuerpo sería una reliquia demasiado sagrada y un símbolo de posición política demasiado alto para destruirlo. Hefestión, el Patroclo de Alejandro, partiría al estilo arcaico de los héroes, aunque acompañado de un holocausto de riqueza babilónica y arte heleno. El hecho de que una construcción tan monumental estuviese destinada a arder es lo que más sorprende al ser humano moderno.


La forma era babilónica -una pirámide escalonada o zigurat- y el arte, griego. Se alzaba unos sesenta metros, sobre una tarima cuadrada de doscientos, encajada en la inmensa muralla exterior de Babilonia. El piso bajo era de combustible madera de palma y estaba abierto para avivar las llamas y dejar pasar el aire. Luego aparecían las tallas, en pisos ascendentes cada vez más estrechos; proas de embarcaciones con figuras armadas y en el medio banderas de fieltro rojo que el calor creciente agitaría; a continuación antorchas en espiral de seis metros que sustentaban águilas; una escena de caza; una batalla de centauros; toros y leones alternados; trofeos de armas, en la parte superior, los pájaros con cabeza de mujer a los que los griegos llamaban sirenas, ahuecados por dentro para que, antes del incendio, cantantes ocultos les proporcionaran voces que alabaran al difunto. No se describe la cúspide de esta pira monumental, que debió contener el féretro con el cadáver. El empleo de madera blanda de rápida combustión aceleraría enormemente la tarea de cientos de artesanos y sus ejércitos de esclavos ayudantes. Doraron algunas partes, las demás serían pintadas, sobretodo en azul y carmesí. Al parecer, esta fue la única ocasión en la que Alejandro utilizó su poder casi ilimitado para la satisfacción plena de su deseo: darle un digno funeral a su amado Hefestión."


Los hombres del oeste y del este debieron de guardar toda la vida en sus memorias el impresionante espectáculo de las llamaradas. Alejandro ordenó que apagaran los fuegos de todos los templos de la ciudad mientras durara el funeral. Era la expresión lógica de lo que años atrás había dicho a Sisigambis: "Él también es Alejandro".


Fuentes:

Anábasis de Alejandro, de Flavio Arriano

Alejandro Magno de Mary Renault