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Los cuatro encuentros de Buda

Poco o nada se sabe a ciencia cierta del Buda histórico, la información que poseemos de este personaje son de índole teológica y no histórica. Los primeros textos budistas contienen muy poca información sobre el nacimiento y la juventud de Gautama. Biografías posteriores desarrollaron una narrativa dramática sobre la vida del joven Gautama como príncipe y sus problemas existenciales. Las tradiciones legendarias sobre la vida de Buda abundan en presagios, augurios y profecías cumplidas, presentando su historia como la de un destino ineludible. Se cuenta que Maya, su madre, vio que un elefante blanco se gestaba dentro de ella, claro presagio de la grandeza del ser que vendría al mundo; y que los adivinos y astrólogos consultados por su padre, el rey Suddhodana, predijeron la llegada de un gran líder. El más preclaro de ellos era el astrólogo Asita (que más tarde sería uno de los cinco primeros discípulos de Buda) y advirtió a Suddhodana que su hijo Siddharta sería un gran gobernante, pero de un corazón tal que, si conocía la miseria y la muerte, lo abandonaría todo para convertirse en un maestro religioso. Para evitarlo, Suddhodana construyó cuatro palacios, uno para cada estación del año, y los rodeó de hermosura. Allí vivió Siddharta aislado de las desdichas del mundo, se casó con Yasodhara y tuvo a su hijo Rahula. Suddhodana intentaba por todos los medios que Siddharta no se topara con las desgracias de los hombres, hasta el punto de limpiar de mendigos y enfermos los caminos que debía recorrer. Pese a ello, en tres salidas sucesivas, Siddharta topó con un anciano, un enfermo y un cadáver; conociendo así la vejez, la enfermedad y la muerte

La primera ocurrió cuando Chandaka, uno de sus sirvientes, lo llevó de excursión (las mismas estaban orquestadas por su padre pero se ponía especial atención en “limpiar” y “decorar” el camino para no desagradar al joven). El Buda tenía entonces unos 30 años y una visión absolutamente ideal de la existencia. En esa oportunidad, vieron a un anciano “doblado por la edad, de escaso pelo gris y el rostro reseco, con los ojos rojos en los bordes y manos temblorosas”, tal cual dice la historia. El joven preguntó qué le ocurría a ese hombre, y Chandaka le respondió: es un anciano señor, lo que ese hombre padece son las aflicciones de la vejez, que a todos nos llegarán. Era tal el encierro del Buda que no había conocido hombres ancianos deteriorados por el paso del tiempo. La segunda experiencia fue la de encontrarse con un hombre enfermo. Estaba pálido y demacrado, tenía unas partes de su cuerpo hinchadas y otras cubiertas de llagas. Como dice la historia, “se apoyaba en otro para caminar y ocasionalmente chillaba de dolor”. El joven se sintió impresionado por esa visión, tampoco había conocido ningún hombre enfermo antes. La tercera ocasión en la que el príncipe Siddharta se cotejó con la realidad de nuestra existencia fue cuando, paseando en su carroza, vieron a un hombre muerto llevado en una procesión funeraria por sus parientes. Según el relato, el joven se conmocionó con el llanto de los familiares y pidió a su sirviente que le explicara este espectáculo. “Mi príncipe, le dijo Chandaka, el hombre que está tendido en la litera está muerto. Sus sentidos, sentimientos y conciencia han partido para siempre.” Entonces apareció la gran pregunta del Buda: Si todas las personas que han nacido tienen que llegar a este final: ¿cómo es que no tienen miedo? Sus corazones deben estar muy endurecidos, porque veo que todo el mundo sigue con sus asuntos como si nada. A pesar del celo y del cuidado que su padre puso en evitar las salidas de su hijo para que no siguiera viendo el sufrimiento humano, el Buda continuó con sus exploraciones más inquieto que nunca. Pero, en el cuarto paseo, se encontró con un hombre exageradamente flaco, desnudo, que sólo tenía un tazón para las limosnas, y que a pesar de ello, tenía la mirada serena de un vencedor. Era un monje asceta, un hombre que había vencido el dolor, la muerte y la angustia por la búsqueda del Atman (yo), algo que le había puesto en contacto con el mar eterno del ser que fluye de las apariencias ilusorias. Para celebrar el nacimiento de su hijo, se organizó una gran fiesta en palacio. A la mañana siguiente, Sidharta besó a su mujer y a su hijo, que estaban durmiendo, y huyó conducido por su cochero. En el camino se cambió de ropa con un mendigo, se cortó el pelo con una espada y, descalzo, se encaminó al encuentro de los ascetas.


Rompió los vínculos de las ilusiones; buscaba ahora la certeza y el absoluto que le darían sentido a la vida. Decidió partir e iniciar una vida de búsqueda profunda para liberarse de los sufrimientos que -adivinaba- también lo acosarían en su vida. Después lo explicaría diciendo: "Pensé: ¿por qué, estando sometido al nacimiento, el envejecimiento, el dolor, la muerte, la pena y el engaño, sigo buscando lo que también está sujeto a estas cosas?" Ya estaba abierto a experimentar el camino del desapego y la conciencia pura.

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