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Píramo y Tisbe: Es la historia de un amor...como no hay otra igual

Ovidio cuenta esta historia de amor en Las Metamorfosis, pero se basa en un mito antiguo, tan antiguo como el humano. Se puede encontrar esta historia con variantes en casi todas las tradiciones y mitos. Se puede encontrar esta historia con variantes en casi todas las tradiciones y mitos y, obviamente, todas acaban mal… Como la historia de Hjalmar e Ingeborg la pareja de enamorados de la mitología escandinava. O la de Tristán e Isolda de las leyendas bretonas, incorporada al ciclo artúrico. Más o menos la misma trama se encuentra en la leyenda de Isabel de Segura y Juan Martínez de Marcilla, en aquella de Florio y Biancifiore, e incluso en la de Mariotto y Giannozza. Pero ojo que es una tradición tan humana que se puede encontrar variantes de la historia del amor prohibido de Nucano, un guerrero mixteco, y Donají, princesa zapoteca. O la historia del general Ollantay y Qoyllur, la hija del inca Pachakuti. Y por supuesto, la historia de Romeo y Julieta.



Píramo y Tisbe eran dos jóvenes babilonios que vivieron durante el reinado de la legendaria Semíramis. Los dos vivían uno al lado del otro y se amaban con locura, pero sus padres no estaban de acuerdo con ese amor. Se comunicaban con miradas y signos hasta descubrir una grieta en el muro que separaba las casas. Sólo la voz atravesaba tan estrecha vía y los tiernos mensajes pasaban de un lado a otro por la hendidura. Por allí se pasaban mensajes, susurrándose frases de ternura y secretos.


Un día decidieron que cuando la noche cayera huirían juntos, y quedaron en verse bajo una morera albina, junto a una fuente. Tisbe llegó primero y se encontró con una leona que había ido a beber agua después de una cacería. Huyó hacia un hueco en la roca, pero en la carrera hizo caer su velo. La leona se quedó jugueteando con el velo y lo manchó con sangre.


Cuando llegó Píramo encontró el velo ensangrentado de su amada y a la leona. Creyó que la fiera había matado a Tisbe. Ante la idea de vivir sin ella, decidió matarse. Tomó su puñal y se lo clavó en el vientre. Más tarde, la joven salió de su escondite con cuidado y encontró a su amado Píramo con el puñal hundido y sin vida. Lo abrazó y decidió hacer lo mismo: tomó el puñal y también se lo clavó en el vientre. Los dioses, apenados por la tragedia, hicieron que los padres de los amantes permitiesen incinerarlos y guardar sus cenizas en la misma urna, y desde aquel día los frutos de la morera quedaron teñidos de púrpura.